* Con motivo de la fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen se celebró en la iglesia del Salvador en Toledo el rezo del Santo Rosario, el canto de las letanías lauretanas y la Santa Misa, finalizando los actos con el canto de la Salve y la incensación de la imagen de Nuestra Señora. Celebró la Santa Misa el P. Manuel María de Jesús, fundador de los Hermanos de la Fraternidad de Cristo Sacerdote y Santa María Reina.
A continuación ofrecemos el texto de la homilía.
Queridos hermanos:
Unidos plenamente a toda la Iglesia militante, purgante y triunfante, festejamos en este día la Natividad de la Santísima Virgen María. Y la mejor forma de festejarla, con mayor provecho para nuestras almas, es haciendo nuestros los sentimientos de fe, amor y devoción que el Espíritu Santo infunde a la Iglesia.
"Oh Virgen y Madre de Dios, vuestro nacimiento trajo al mundo gran alegría, porque de Vos nació el Sol de justicia, Cristo"
El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, infunde, pues, en este día sentimientos de alegría por el nacimiento de la Mujer elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo, enviado al mundo como Salvador y Redentor de todos los hombres.
De esta alegría no podemos menos de participar nosotros, miembros vivos de la Iglesia, que por medio del santo bautismo hemos sido iluminados por la luz de Cristo, Sol de justicia, y que constantemente gozamos de su luz que ilumina la oscuridad de nuestra vida por medio de su Palabra revelada, de la sana doctrina confiada a su Iglesia, y sobre todo, por la luz y el calor de su Presencia verdadera, sustancial y real en el sacramento de la Divina Eucaristía.
El Nacimiento de la Virgen Santísima es una intervención salvadora de Dios en la historia en favor nuestro, pues esta criatura elegida entre todas para ser la Madre del Salvador y la Mujer siempre unida al Redentor, con su nacimiento inaugura la respuesta misericordiosa de Dios a la esperanza de su pueblo creyente y aún de todas las naciones expectantes de salvación. Esperanza expresada en el cántico de los pobres de Yahvé representados por Zacarías: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz".
Ese sol de justicia no es otro que Cristo Salvador y Redentor, cuya luz comienza a despuntar con el nacimiento de Aquella que es la Estrella de la mañana que anuncia el claro día, que romperá pletórico de luz y calor con el Nacimiento del Mesías prometido y esperado.
Con María nace no sólo la Madre del Redentor, sino también la Madre de todos los redimidos. Es la Natividad de la que es verdadera Madre nuestra en el orden de la gracia.Es la Natividad de la verdadera Madre de todos los hombres.
Ella no es como Eva, transmisora de pecado, oscuridad y muerte. María es portadora de gracia, luz y vida, precisamente por ser la Madre de Aquél que es el autor de la gracia, la luz del mundo y la vida de los hombres, Cristo Jesús, Señor nuestro, quien con su muerte y Resurrección "confundió la muerte al darnos la vida eterna".
Hagamos nuestra en este día la alegría que invade la Iglesia entera. Hagamos nuestra, también, la bellísima oración, junto con los santos sentimientos de San Ildefonso de Toledo:
"¡Oh premio extremadamente grande de mi salvación y de mi vida y al mismo tiempo de mi gloria! ¡Oh título nobilísimo de mi libertad! ¡Oh excelsa condición de mi carácter de hombre libre! ¡Oh seguridad de mi nobleza, indisolublemente gloriosa y rematada con la eternidad de la gloria! ¡Cómo yo, que fui torpemente engañado, deseo para mi reparación hacerme esclavo de la madre de mi Jesús! ¡Cómo yo, en el primer hombre separado al principio de la comunión angélica, voy a merecer ser considerado como esclavo de la esclava y de la Madre de mi Señor! ¡Cómo yo, obra apta en las manos del sumo Dios, voy a conseguir estar ligado en la servidumbre continua de la Virgen Madre con devoción de su esclavitud! Concédeme esto, ¡oh Jesús Dios, Hijo del hombre!..."
Pidamos en este día, por intercesión de San Ildefonso la gracia de ser verdaderos hijos esclavos de amor de Aquella de quien hoy celebramos su Natividad, alegría de los cielos y de la tierra, alegría de los ángeles, de los santos y de los creyentes. Amén.
"Oh Virgen y Madre de Dios, vuestro nacimiento trajo al mundo gran alegría, porque de Vos nació el Sol de justicia, Cristo"
El Espíritu Santo, alma de la Iglesia, infunde, pues, en este día sentimientos de alegría por el nacimiento de la Mujer elegida por Dios para ser la Madre de su Hijo, enviado al mundo como Salvador y Redentor de todos los hombres.
De esta alegría no podemos menos de participar nosotros, miembros vivos de la Iglesia, que por medio del santo bautismo hemos sido iluminados por la luz de Cristo, Sol de justicia, y que constantemente gozamos de su luz que ilumina la oscuridad de nuestra vida por medio de su Palabra revelada, de la sana doctrina confiada a su Iglesia, y sobre todo, por la luz y el calor de su Presencia verdadera, sustancial y real en el sacramento de la Divina Eucaristía.
El Nacimiento de la Virgen Santísima es una intervención salvadora de Dios en la historia en favor nuestro, pues esta criatura elegida entre todas para ser la Madre del Salvador y la Mujer siempre unida al Redentor, con su nacimiento inaugura la respuesta misericordiosa de Dios a la esperanza de su pueblo creyente y aún de todas las naciones expectantes de salvación. Esperanza expresada en el cántico de los pobres de Yahvé representados por Zacarías: "Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz".
Ese sol de justicia no es otro que Cristo Salvador y Redentor, cuya luz comienza a despuntar con el nacimiento de Aquella que es la Estrella de la mañana que anuncia el claro día, que romperá pletórico de luz y calor con el Nacimiento del Mesías prometido y esperado.
Con María nace no sólo la Madre del Redentor, sino también la Madre de todos los redimidos. Es la Natividad de la que es verdadera Madre nuestra en el orden de la gracia.Es la Natividad de la verdadera Madre de todos los hombres.
Ella no es como Eva, transmisora de pecado, oscuridad y muerte. María es portadora de gracia, luz y vida, precisamente por ser la Madre de Aquél que es el autor de la gracia, la luz del mundo y la vida de los hombres, Cristo Jesús, Señor nuestro, quien con su muerte y Resurrección "confundió la muerte al darnos la vida eterna".
Hagamos nuestra en este día la alegría que invade la Iglesia entera. Hagamos nuestra, también, la bellísima oración, junto con los santos sentimientos de San Ildefonso de Toledo:
"¡Oh premio extremadamente grande de mi salvación y de mi vida y al mismo tiempo de mi gloria! ¡Oh título nobilísimo de mi libertad! ¡Oh excelsa condición de mi carácter de hombre libre! ¡Oh seguridad de mi nobleza, indisolublemente gloriosa y rematada con la eternidad de la gloria! ¡Cómo yo, que fui torpemente engañado, deseo para mi reparación hacerme esclavo de la madre de mi Jesús! ¡Cómo yo, en el primer hombre separado al principio de la comunión angélica, voy a merecer ser considerado como esclavo de la esclava y de la Madre de mi Señor! ¡Cómo yo, obra apta en las manos del sumo Dios, voy a conseguir estar ligado en la servidumbre continua de la Virgen Madre con devoción de su esclavitud! Concédeme esto, ¡oh Jesús Dios, Hijo del hombre!..."
Pidamos en este día, por intercesión de San Ildefonso la gracia de ser verdaderos hijos esclavos de amor de Aquella de quien hoy celebramos su Natividad, alegría de los cielos y de la tierra, alegría de los ángeles, de los santos y de los creyentes. Amén.