"Con motivo del 150 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars, cuya fiesta celebramos hoy litúrgicamente, el Santo Padre ha convocado un Año santo, con el fin de que todo el Pueblo de Dios caigamos más en la cuenta del valor del sacerdote, instituido por Cristo, para el servicio de su Iglesia santa. “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”, repetía con frecuencia esta santo cura.
Y los primeros que hemos de beneficiarnos de este Año sacerdotal somos los mismos sacerdotes. Queridos hermanos, estamos llamados a la santidad. La Iglesia se renovará a fondo por la santidad de sus sacerdotes. Ha sido así a lo largo de toda su historia. Es así también en nuestros días. No aspiremos a vivir en una áurea mediocridad, que nos convierte en funcionarios de unos servicios religiosos. Entreguemos generosamente nuestra vida al Señor, en el don total de nosotros mismos, viviendo los consejos evangélicos de obediencia, celibato y pobreza, según nuestra condición de hombres de Dios.
«Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos el santo Cura de Ars decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote… ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”. Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor… Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra… ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes… Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias… El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”» (Benedicto XVI, Carta de convocación del Año Sacerdotal, 16.06.2009).
Queridos ordenandos. Tened siempre como referencia en vuestra vida a este santo sacerdote que la Iglesia nos propone. A veces andamos inquietos preguntándonos cómo debe ser el sacerdote de hoy. La respuesta no la vamos a encontrar en las encuestas sociológicas o diluyendo nuestra identidad en un mundo secularizado, que borra toda huella visible de Dios. La respuesta la tenemos aquí: en el santo Cura de Ars. Un sacerdote santo suscita santidad a su alrededor. La Iglesia y el mundo de hoy necesitan sacerdotes santos. “Urge la recuperación de aquella conciencia que empuja a lo sacerdotes a estar presentes, identificables y reconocibles ya sea por el juicio de fe, por las virtudes personales como también por el vestido, en los ámbitos de la cultura y de la caridad, y siempre en el corazón de la misión de la Iglesia”, nos ha recordado Benedicto XVI.
En una diócesis concreta, abiertos a la Iglesia universal, a la Católica
Hemos sido llamados para vivir en una diócesis, en un presbiterio concreto, bajo la presidencia del obispo, en profunda comunión con el Sucesor de Pedro. No se trata de una organización empresarial, se trata de un misterio de comunión eclesial. La comunión eclesial tiene como fuente y referencia continua la vida de la Trinidad. Y la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu se nos ha manifestado en el drama de la redención, donde la relación Padre-Hijo está transida de profunda unidad y de un abismo de dolor en la entrega mutua del uno al otro. El gozo de la unidad no excluye el dolor de la cruz. La comunión eclesial no consiste en complacer a todos, dando gusto a todos. “Nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo”, lo cual incluye el misterio de la cruz, “para nuestro gozo sea completo” (1Jn 1,3-4)
Queridos ordenandos. Entráis a formar parte de manera más honda del misterio de la comunión de la Iglesia, reflejo de la comunión trinitaria. Sed siempre factores de comunión, nunca de división. Vivid esta caridad en la verdad, en la acogida gozosa y humilde del Magisterio de la Iglesia, que ha de orientar vuestra mente y vuestro corazón, y en la aceptación pronta y decidida de la disciplina de la Iglesia, la que nos hace discípulos de Cristo.
No es tiempo de andar divagando o de jugar al disenso dentro de la Iglesia, mientras ésta se desangra. Es tiempo de comunión en la obediencia filial a la voluntad de Dios, es tiempo de sumar las aportaciones de todos, es tiempo de amar, aun cuando esto incluya la cruz muchas veces. “Rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies, porque la mies es abundante y los obreros son pocos”.