

Homilía del Sr. Cardenal, D. Antonio Cañizares Llovera:
¡Qué gran alegría sentimos todos en este día tan de Toledo, tan arraigado en su tradición más propia, tan ligado a nuestra realidad toledana, tan en su centro! Durante siglos, sin interrupción, este jueves ha sido y seguirá siendo momento al que dirigen sus miradas y en el que expresan sus sentimientos más hondos las buenas y nobles gentes de Toledo. Son días en que Toledo refulge con un brillo especial en sus calles y plazas, y saca al corazón y arterias de la ciudad, para adorar, contemplar, y darle gloria, la mayor de sus riquezas, con mucho, y de más preciado valor: el Cuerpo de Cristo, Cristo en persona.
Se trata de la fiesta en la que nuestra ciudad pone a la vista de todos lo que son sus cimientos, y desvela para todos la roca verdadera en la que se asienta con tanta solidez su historia y su vocación, su presente y su futuro; es la fiesta en la que expresa su honda fe de la que vive, la que le nutre, y la que le ha hecho capaz de sus más grandes gestas y de los sacrificios y gestos de amor y servicio más sencillos: es su fe en el Señor, en Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, presente realmente en el sacramento del altar; es la fiesta del "Corpus Christi", que se prolonga a lo largo de días con dos cimas de igual altura en el jueves y el domingo, con una ruta abierta de esperanza en medio de la noche iluminada por la presencia del Señor acompañado de los jóvenes, en el viernes, y con el sosiego en el camino de la adoración eucarística en capillas y parroquias.
Dios ha querido que mi despedida como Obispo vuestro y para vosotros, especialmente de vosotros mis queridos hermanos sacerdotes, coincida con esta fiesta de la Eucaristía, razón de ser de nuestro sacerdocio. En su despedida Jesús dejó a sus discípulos el gran regalo de la Eucaristía, memorial de la entrega de su vida, testamento-alianza nueva y definitiva del amor con que Dios nos ama hasta el extremo, sacramento de comunión con el Señor y fuente inexhaurible de nuestra comunión con Dios y con los demás hombres. Al compartir con todos vosotros, en la hora de decir adiós y siempre unidos, este memorial sagrado, somos enriquecidos con el don que nos une, fortalece y sostiene en la misma comunión y nos hace ser Iglesia, signo eficaz de la unión íntima con Dios y de la unidad del género humano. El sentido de este adiós, como el sentido de mi llegada aquí hace siete años, o el sentido de mi ministerio entre vosotros lo encontramos en la Eucaristía, acción de gracias a Dios, sacrificio-obediencia-ofrenda al Padre de Jesucristo al que somos asociados, presencia real de Cristo en persona entre nosotros, pan vivo bajado del Cielo partido y compartido para que tengamos vida y entreguemos la vida, cuanto tenemos y somos, plegaria de bendición, de expiación para el perdón de los pecados y de súplica intercesora y salvadora en favor de los hombres, alimento para el camino, culto de adoración suprema a Dios. La Eucaristía, podéis imaginarlo, ha sido para mí, como lo es para todo cristiano, la razón de ser de mi vida entre vosotros y para vosotros; ha sido la fuente y la fuerza del ministerio episcopal que se me confió para el servicio vuestro; el alimento divino que me ha alimentado y sostenido. La Eucaristía ha sido y es todo para mí, porque todo para mí es Cristo, y no he querido saber entre vosotros otra cosa que Cristo, Enmanuel, Dios que es Amor.
Por eso en este día, con mis hermanos Obispos y sacerdotes, con los fieles cristianos aquí presentes o ausentes, con todos, deseo que nuestra atención se centre por completo en la verdad de la Eucaristía, y que nos pongamos en adoración delante de este Misterio: "Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega 'hasta el extremo', un amor que no conoce medida" (EdE 11).
La noche en que iba a ser entregado, Jesús nos entregó el regalo más grande, instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del Apóstol Pablo, que acabamos de escuchar en la segunda lectura, nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. "En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales el pueblo responde a la proclamación del 'misterio de la fe' que hace el sacerdote: 'Anunciamos tu muerte. Señor. El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. El Misterio eucarístico no puede ser entendido como algo aparte, independiente de la Cruz o con una referencia solamente indirecta al sacrificio del Calvario" (EdE 12). Por eso decimos, "Anunciamos tu muerte Señor".
Reconocemos y confesamos en estas palabras, que sellan el relato de la Cena, el cumplimiento del amor de Dios que nos ha amado hasta el extremo entregándonos a su propio Hijo por nosotros. "Por nosotros" es el amor de Jesús en su muerte que nos redime y nos salva. Ahí está el amor de Cristo, el amor de Dios que se nos da todo, para que esté en nosotros y nosotros en Él, un amor infinito sin reservarse nada, un amor, pues, que llega hasta el extremo, un amor que no tiene medida. No olvidemos, por lo demás, que "el don de su amor y su obediencia hasta el extremo de dar la vida, es en primer lugar un don a su Padre. Ciertamente es un don en favor nuestro, más aun, de toda la humanidad, pero don ante todo al Padre: sacrificio que el Padre aceptó correspondiendo a esta donación total de su Hijo, que se hizo obediente hasta la muerte con su entrega paternal, es decir, con el don de la vida nueva e inmortal de la resurrección" (EdE 13).
Por todo ello, la Iglesia ha recibido en la Eucaristía de Cristo, su Señor, no sólo un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino el don por excelencia y pleno, porque es don de sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra de salvación (EE 11)".
La Eucaristía es el sacramento de la presencia "verdadera, real y substancial" de Cristo y de su obra redentora en medio de nosotros y en favor nuestro. El sacrificio en la Cruz de Jesucristo "es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte de él, obteniendo frutos inagotablemente" (EE 11).
Aquí se cumple la promesa de Jesús: "Estaré con vosotros hasta el fin de los siglos"; aquí Jesucristo es verdaderamente "Enmanuel", "Dios con nosotros" (Mt 1,23), Dios con los hombres que ha puesto su morada por ellos y se ha entregado a ellos para siempre en una alianza salvadora y definitiva. Por la Eucaristía la 'plenitud de los tiempos' (Cf Gal 4,4) no es un acontecimiento pasado sino una realidad presente ya mediante aquellos signos sacramentales que lo evocan y perpetúan.
En la Eucaristía, por ello, se contiene el "sumo bien de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra pascua y pan vivo, que por su carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres" (PO 5). Este misterio, en el que se anuncia y celebra la muerte y resurrección de Cristo en espera de su venida, en el que se actualiza, por tanto, el mayor amor que es dar la vida por los amigos y el abismo insondable del amor de Cristo a los suyos con el que nos amó hasta el extremo, este misterio eucarístico encierra toda la riqueza y vida de la Iglesia, es la fuente desde la que todo mana y la meta a la que todo conduce, constituye así el corazón de la vida eclesial. Deberíamos adentrarnos en la espesura y densidad inmensa de este misterio eucarístico. Ahí está todo. Ahí está nuestra esperanza. Ahí está el amor de Cristo que nos redime y nos salva; el amor que se nos da en comunión para que nosotros, en comunión con él, nos demos a los demás: "Tomad y comed...Haced esto en memoria mía"."Un mandamiento nuevo os doy: Amaos como yo os he amado". "Dadles vosotros de comer, como yo mismo voy a dar de comer".
Jesús reparte su Cuerpo y su Sangre. Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal -la crucifixión-, desde el interior se transforma en un acto de amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el Cenáculo de Jerusalén hace dos mil años y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Desde siempre los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. La victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solo esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención: lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porque se entrega realmente a sí mismo. Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consanguíneos. Todos comemos el único pan y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa".
Permitidme que, al final de esta homilía, dirija mis palabras de despedida a mis queridos hermanos sacerdotes, rogándoles que también me despidan de los fieles cristianos de las comunidades cristianas a las que sirvan. Han sido años muy intensos y gozosos, en los que tampoco, como no puede ser de otra manera, ha faltado la cruz. A todos os he querido, y os quiero, entrañablemente. A todos y cada uno me gustaría abrazar, agradecer y pedir perdón; con todos deseo unirme en la misma comunión en el Cuerpo del Señor que nos hace ser su Iglesia; por todos quiero orar; con todos anhelo dar gracias al Señor.
Al finalizar este tiempo de gracia que Dios me ha concedido estar con vosotros y siendo para vosotros, mis hermanos, amigos y principales e imprescindibles colaboradores, lo único que puedo hacer es darle gracias a Dios, por su infinita misericordia, por todo lo bueno que El es y por todo lo bueno que El ha hecho a través de mi ministerio en favor de su Iglesia en estos meses.
Y como tampoco han faltado sombras - tal vez ha habido más sombras y oscuridades de las que esperabais - os ruego que me acompañéis en la súplica de perdón al que es rico en misericordia y Dios de toda consolación y que, teniendo como tenéis, un corazón grande y generoso, me perdonéis cuanto necesite ser perdonado, que, sin duda, será mucho.
De nuevo, muchas gracias, que Dios os ayude, os bendiga y os enriquezca, en su Hijo Jesucristo, con toda clase de bienes. Siempre a vuestro servicio. ¡Adelante! Un abrazo.
