3 de abril de 2009

LA FRATERNIDAD HONRA A SU REINA Y MADRE EN EL VIERNES DE DOLORES


MARÍA SANTÍSIMA CORREDENTORA,
REINA Y MADRE DE LA FRATERNIDAD











*PLÁTICA DE DON MANUEL FOLGAR EN EL ACTO MARIANO EN HONOR A LA VIRGEN DE LOS DOLORES:

“La Virgen María, Reina del Cielo y Señora del mundo, estaba llena de dolor junto a la Cruz de nuestro Señor Jesucristo.
Oh vosotros todos, que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor semejante al mío”.

Este texto pertenece al Tracto de la Santa Misa del día de hoy -Uso extraordinario- en que conmemoramos los siete Dolores de la Santísima Virgen María.
La Iglesia contempla extasiada y con profunda piedad el misterio de la obra redentora llevada a cabo por nuestro Señor Jesucristo a quien se unió plenamente su Madre Santísima.
La obra de la Redención fue llevada a cabo por medio del sufrimiento, de la entrega, de la Pasión y de la muerte del Señor.
El Apóstol San Pablo recordará a los cristianos, con la clara intención de que cada uno lo grabe en su mente y en su corazón, que no hemos sido redimidos ni con oro ni con plata, sino al precio del Cuerpo y de la Sangre del Hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación.
Los primeros cristianos vivieron en un tiempo en que existía la práctica de la esclavitud. Hombres y mujeres eran vendidos y comprados como esclavos como si de una mercancía más se tratase. Una multitud incontable de seres humanos nacían, vivían y morían como esclavos, sin libertad, absolutamente dependientes de sus amos, consagrados enteramente al servicio de sus señores.
Al mismo tiempo existía también la práctica y la posibilidad de ser redimidos. Por algún motivo, una persona libre podía comprar con una fuerte suma de dinero pagada al amo la libertad del esclavo, redimiéndolo de ese modo de la esclavitud.
El Apóstol San Pablo nos recuerda que a partir del pecado original todos los seres humanos nacemos esclavos del pecado, privados de la gracia de Dios y de la vida sobrenatural, sometidos a la acción del Maligno y sin posibilidad de alcanzar la vida eterna.
Sin embargo, Dios en su infinita misericordia se apiadó de nosotros y decretó el plan de redención: La Segunda Persona de la Santísima Trinidad se hizo hombre en el seno purísimo de la Virgen María; compartió los sufrimientos y las penalidades de la pobre naturaleza humana: el hambre, la sed, el cansancio, la persecución, la tristeza por la muerte de sus amigos, el dolor de incomprensión y del rechazo, la injusticia, la violencia y la muerte en la Cruz.
Así, a través del dolor sobrellevado con infinita paciencia y ofrecido con amor , nuestro Señor Jesucristo nos rescató de la tiranía del Maligno, nos libró de la muerte eterna, nos reconcilió con el Padre alcanzándonos su perdón y nos abrió la senda que conduce a la vida eterna.
Es a la luz de estos acontecimientos de la vida de Cristo como hemos de entender y meditar, siempre con mayor profundidad, las palabras del Apóstol: “No fuimos comprados con oro ni con plata, sino al precio del Cuerpo y de la Sangre del Señor”, que por nosotros se entregó a la muerte y una muerte de cruz.
Al contemplar a nuestro Redentor descubrimos permanentemente a su lado a su Madre Santísima.
La Santísima Virgen es la Mujer siempre unida al Redentor compartiendo, desde la encarnación hasta el Calvario, todos y cada uno de los pasos de su Hijo. No hubo ningún dolor, ni el más leve sufrimiento, que se abatiese sobre el Hijo que no encontrase repercusión inmediata en el Corazón Inmaculado de la Madre.
Nuestra Señora es Madre de Compasión en el sentido más auténtico y profundo del término, pues toda su vida fue un padecer con el Hijo.
Los sufrimientos de la Virgen de Compasión no se quedaron en el plano humano. Ella no afrontó el sufrimiento desde una perspectiva egoísta, centrada tan sólo en su Hijo y en sí misma. Nuestra Señora no vivió centrada en lamer sus propias heridas. Muy al contrario, unida al Hijo Redentor, aceptó cada sufrimiento, cada penalidad, cada dolor como un medio excepcional para ofrecerse y darse a sí misma. Aprovechó para vivir cada una de las penalidades en un continuo acto de amor ofrecido con plena conciencia, con absoluta libertad, y hasta el extremo de la entrega. Todo ello en unión con su Hijo para la Redención del género humano.
“La Virgen María, Reina del Cielo y Señora del mundo, estaba llena de dolor junto a la Cruz de nuestro Señor Jesucristo”.
Es precisamente en esta unión y compasión con su Hijo Jesús donde está la raíz de la realeza y del señorío de la Virgen Bendita. También Ella por su plena asociación a los sufrimientos del Redentor contribuyó a la redención del género humano; no porque no fuesen suficientes los méritos del Hijo, que fueron sobreabundantes, sino por designio de la Trinidad Santísima que quiso asociarla a la obra redentora, eligiéndola no sólo para ser Madre del Redentor, sino también Madre de todos los redimidos. De esta forma, la Virgen se convirtió en Madre de todos los redimidos y hasta en Madre de todos los hombres al pie de la Cruz de su Hijo.
La contemplación de Nuestra Madre Dolorosa al pie de la Cruz. La contemplación de su permanente compasión a lo largo de la vida entera de nuestro Redentor, debiera ser para nosotros permanente escuela y fuente de inspiración.
¡Oh, sí! El Corazón Inmaculado y Doloroso de María es la escuela en la que debiéramos aprender que nuestra vocación cristiana consiste en “completar en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”. Lo que falta es que también cada uno, a ejemplo de María, viva unido al Redentor en permanente actitud de oblación y de ofrecimiento.
El Corazón Inmaculado y Doloroso de María es escuela de paciencia, de mortificación, de generosidad por la aceptación de los trabajos, de las penas y sufrimientos que conlleva nuestra naturaleza humana, pero también nuestra condición de cristianos e hijos de la Iglesia.
El Corazón Inmaculado y Doloroso de María es la escuela en la que se aprende a entregar y consagrar la propia vida al Redentor.
Es la escuela de amor divino en la que se aprende que no hay amor más grande que este de dar uno la vida por Cristo y por la salvación del mundo, lo que no se hace sin dolor y sin sufrimiento como anticipo de la verdadera alegría y del gozo eterno.