AQUÍ ESTOY, OH DIOS, PARA HACER TU VOLUNTAD








* Homilía de D. Manuel Folgar en la Solemnidad de la Anunciación a la Santísima Virgen.
El misterio de la encarnación del Hijo de Dios que celebra hoy la Iglesia, tiene como figuras protagonistas a la Virgen Santísima y al Verbo de Dios, Segunda Persona de la Trinidad Santísima.
La Virgen recibe la visita del Arcángel San Gabriel, portador de la misiva divina, quien expone a María el plan de Dios.
Por un lado nos admiramos de la voluntad salvadora de las Tres Divinas Personas respecto del género humano sumergido en el pecado y sometido a la oscura tiranía del príncipe de este mundo. "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo Unigénito" para que nos salvemos por Él.
La obra redentora es la expresión y la manifestación del amor de Dios que salva y rescata a los hombres destruyendo el mal y al Maligno con la fuerza impetuosa de su amor. El mal es derrotado por la fuerza del Bien.
Por otro lado nos admiramos también del proceder de Dios respecto al hombre. Un proceder que manifiesta el respeto hacia sus criaturas y hacia la libertad que Él mismo le sha otorgado.
Lejos de imponer, el Señor propone permitiendo a la criatura el ejercicio del libre albedrío y dándole la oportunidad de crecer, de ennoblecerse y santificarse por la libre adhesión a Dios y a su voluntad salvadora.
Esta adhesión del hombre al Bien y a la Verdad -Dios es el Sumo Bien y la Verdad- es lo que le hace verdaderamente libre.
Cuando la criatura se reseva, lo mismo que cuendo responde negativamente a las propuestas amorosas de Dios, entonces se hace esclava y sierva del mal, de sus propios miedos, de su mediocridad, de los bienes materiales o de otras personas. Po rel contrario, la respuesta positiva a Dios y la aceptación de su voluntad y de sus planes, elevan a la persona, la hacen libre y madura, "a imagen y semejanza de Dios".
La obediencia a Dios introduce a la persona en el ámbito de la verdadera libertad, pues esta tan sólo florece y fructifica en el campo del amor que se manifiesta en la renuncia de sí mismo y en la entrega generosa de la propia vida: "No hay amaor más grande que este de dar uno la propio vida", nos dice Jesús.
Esta obediencia gozosa y libre al Padre por parte del Hijo amado se nos muestra a través de las palabras del Verbo en el instante mismo de su encarnación redentora: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad".
De forma maravillosa podemos contemplar en este día la perfecta asociación entre el Verbo que se encarna y la Madre que lo acoge en su seno virginal después de haber dado su pleno, libre y amoroso consentimiento: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".
La joven Virgen aparece ante nuestros ojos resplandeciente de amor y libertad. En su alma se reflejan los destellos de la luz de Dios libérrimo y amorosísimo, de cuya libertad y amor participa su criatura más pura y hermosa poniendo enteramente su vida al servicio de su Creador.
Hijo y Madre pronuncian hoy su "sí" absoluto, pleno e irrevocable a la voluntad del Padre. Un sí abosluto, porque un sí a medias es realmente un no. Un sí irrevocable, porque un sí que no es para siempre esconde un no solapado que acaba por materializarse en cualquier momento.
La plenitud y la eternidad del "sí" del Verbo y de la Virgen sellan y conforman que este es fruto del amor verdadero y no del cálculo mezquino, ni del interés personal, ni de un sentimiento baladí y pasajero. El "sí" que ambos pronuncian es fruto del amor, porque el amor o es pleno o no es amor; o tiende a la eternidad o no es amor.
En esta tarde os invito especialmente a cuantos estáis unidos al Señor por el vínculo amoroso de vuestros votos a que seáis conscientes plenamente de la gracia con la que habéis sido enriquecidos por Dios. Es la gracia de una elección amorosa: El Señor, poniendo sobre vosotros sus ojos, os amó y os eligió para formar parte de ese cortejo de íntimos que en el transcurso de los siglos participan en el "sí" del Verbo y de la Virgen nazarena al plan salvador de Dios.
Vosotros hacéis maravillosamente presente en el hoy de la historia el "sí" del Hijo y de la Madre.
En vosotros se actualiza aquél "sí" que cambió el curso de la historia y por el cual vino sobre la humanidad la gracia del perdón, de la reconciliación, de la paz y de la salvación de Dios.
Vuestra vida de consagración es el eco que hace presente en el tiempo la entrega salvadora de Jesús y de María, causa de salvación para el género humano.
Habéis sido enriquecidos con la gracia de la elección amorosa y con el don de seguir al Cordero a donde quiera que Él vaya. Vosotros habéis sido llamados y elegidos. "Muchos son los llamados y pocos los elegidos", porque después de la llamada no se han hecho dignos de la elección. No han estado a la altura de la llamada, la han despreciado, no la han acogido, no han querido responder, han preferido guardarse su propia vida antes que perderla por Aquél que los ha llamado.
Vuestro "sí" tiene un carácter reparador hacia el Corazón de Cristo y hacia el Corazón Inmaculado de María, especialmente en la hora presente en que una tibieza, una mediocridad y un egoísmo patológico lleva a muchos a despreciar la llamada de la vocación negándose a coger el testigo del doble "sí"que resonó en el momento de la encarnación redentora.
Para quienes habéis sido llamados y elegidos el Cordero será vuestro gozo y vuestra corona por toda la eternidad. Habéis, pues, de vivir íntimamente unidos a Jesús y a María, para profundizar, tomados de su mano, cada vez más en la riqueza incomparable de la vocación que habéis recibido. En la intimidad con ellos descubriréis cada vez más la profundidad del amor que Dios os tiene y por el cual os ha hecho suyos, sólo suyos y enteramente suyos. Para siempre suyos, en el tiempo y en la eternidad.
Gracias por vuestro "sí" que nos acerca a los otros a la fuente misma de la Redención y que es causa de gracia también para nosotros, en virtud de la comunión de los santos.
Ponemos vuestra consagración en las manos virginales de María Santísima para que ella la haga plena y eterna. Amén.
La Virgen recibe la visita del Arcángel San Gabriel, portador de la misiva divina, quien expone a María el plan de Dios.
Por un lado nos admiramos de la voluntad salvadora de las Tres Divinas Personas respecto del género humano sumergido en el pecado y sometido a la oscura tiranía del príncipe de este mundo. "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo Unigénito" para que nos salvemos por Él.
La obra redentora es la expresión y la manifestación del amor de Dios que salva y rescata a los hombres destruyendo el mal y al Maligno con la fuerza impetuosa de su amor. El mal es derrotado por la fuerza del Bien.
Por otro lado nos admiramos también del proceder de Dios respecto al hombre. Un proceder que manifiesta el respeto hacia sus criaturas y hacia la libertad que Él mismo le sha otorgado.
Lejos de imponer, el Señor propone permitiendo a la criatura el ejercicio del libre albedrío y dándole la oportunidad de crecer, de ennoblecerse y santificarse por la libre adhesión a Dios y a su voluntad salvadora.
Esta adhesión del hombre al Bien y a la Verdad -Dios es el Sumo Bien y la Verdad- es lo que le hace verdaderamente libre.
Cuando la criatura se reseva, lo mismo que cuendo responde negativamente a las propuestas amorosas de Dios, entonces se hace esclava y sierva del mal, de sus propios miedos, de su mediocridad, de los bienes materiales o de otras personas. Po rel contrario, la respuesta positiva a Dios y la aceptación de su voluntad y de sus planes, elevan a la persona, la hacen libre y madura, "a imagen y semejanza de Dios".
La obediencia a Dios introduce a la persona en el ámbito de la verdadera libertad, pues esta tan sólo florece y fructifica en el campo del amor que se manifiesta en la renuncia de sí mismo y en la entrega generosa de la propia vida: "No hay amaor más grande que este de dar uno la propio vida", nos dice Jesús.
Esta obediencia gozosa y libre al Padre por parte del Hijo amado se nos muestra a través de las palabras del Verbo en el instante mismo de su encarnación redentora: "Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad".
De forma maravillosa podemos contemplar en este día la perfecta asociación entre el Verbo que se encarna y la Madre que lo acoge en su seno virginal después de haber dado su pleno, libre y amoroso consentimiento: "Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra".
La joven Virgen aparece ante nuestros ojos resplandeciente de amor y libertad. En su alma se reflejan los destellos de la luz de Dios libérrimo y amorosísimo, de cuya libertad y amor participa su criatura más pura y hermosa poniendo enteramente su vida al servicio de su Creador.
Hijo y Madre pronuncian hoy su "sí" absoluto, pleno e irrevocable a la voluntad del Padre. Un sí abosluto, porque un sí a medias es realmente un no. Un sí irrevocable, porque un sí que no es para siempre esconde un no solapado que acaba por materializarse en cualquier momento.
La plenitud y la eternidad del "sí" del Verbo y de la Virgen sellan y conforman que este es fruto del amor verdadero y no del cálculo mezquino, ni del interés personal, ni de un sentimiento baladí y pasajero. El "sí" que ambos pronuncian es fruto del amor, porque el amor o es pleno o no es amor; o tiende a la eternidad o no es amor.
En esta tarde os invito especialmente a cuantos estáis unidos al Señor por el vínculo amoroso de vuestros votos a que seáis conscientes plenamente de la gracia con la que habéis sido enriquecidos por Dios. Es la gracia de una elección amorosa: El Señor, poniendo sobre vosotros sus ojos, os amó y os eligió para formar parte de ese cortejo de íntimos que en el transcurso de los siglos participan en el "sí" del Verbo y de la Virgen nazarena al plan salvador de Dios.
Vosotros hacéis maravillosamente presente en el hoy de la historia el "sí" del Hijo y de la Madre.
En vosotros se actualiza aquél "sí" que cambió el curso de la historia y por el cual vino sobre la humanidad la gracia del perdón, de la reconciliación, de la paz y de la salvación de Dios.
Vuestra vida de consagración es el eco que hace presente en el tiempo la entrega salvadora de Jesús y de María, causa de salvación para el género humano.
Habéis sido enriquecidos con la gracia de la elección amorosa y con el don de seguir al Cordero a donde quiera que Él vaya. Vosotros habéis sido llamados y elegidos. "Muchos son los llamados y pocos los elegidos", porque después de la llamada no se han hecho dignos de la elección. No han estado a la altura de la llamada, la han despreciado, no la han acogido, no han querido responder, han preferido guardarse su propia vida antes que perderla por Aquél que los ha llamado.
Vuestro "sí" tiene un carácter reparador hacia el Corazón de Cristo y hacia el Corazón Inmaculado de María, especialmente en la hora presente en que una tibieza, una mediocridad y un egoísmo patológico lleva a muchos a despreciar la llamada de la vocación negándose a coger el testigo del doble "sí"que resonó en el momento de la encarnación redentora.
Para quienes habéis sido llamados y elegidos el Cordero será vuestro gozo y vuestra corona por toda la eternidad. Habéis, pues, de vivir íntimamente unidos a Jesús y a María, para profundizar, tomados de su mano, cada vez más en la riqueza incomparable de la vocación que habéis recibido. En la intimidad con ellos descubriréis cada vez más la profundidad del amor que Dios os tiene y por el cual os ha hecho suyos, sólo suyos y enteramente suyos. Para siempre suyos, en el tiempo y en la eternidad.
Gracias por vuestro "sí" que nos acerca a los otros a la fuente misma de la Redención y que es causa de gracia también para nosotros, en virtud de la comunión de los santos.
Ponemos vuestra consagración en las manos virginales de María Santísima para que ella la haga plena y eterna. Amén.