DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA

Homilía de Don Manuel Folgar
Queridos hermanos:
En este domingo de quincuagésima la Iglesia se vuelve hacia Dios rogándole que la hostia ofrecida en el Santo Sacrificio de la Misa limpie nuestros pecados y santifique las almas y los cuerpos de sus siervos, de tal forma que así podamos celebrar dignamente este sacrificio.
Por la fe sabemos y conocemos que la sagrada hostia que se ofrece es Nuestro Señor Jesucristo. Es a Él a quien confesamos e invocamos como el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Por el Sacrificio santo y puro de Jesucristo se nos concede por gracia la remisión de nuestros pecados.
La fuerza de su amor y el torrente de su misericordia, manifestados en la Cruz y renovados en el Altar, son el manantial que nos purifica y que nos santifica.
Sí, la Santa Misa nos acerca el amor redentor de Jesucristo, el amor misericordioso del Padre y el amor santificador y vivicante del Santo Espíritu. Es por ello, que el Sacrificio del Altar es verdaderamente el centro de la vida cristiana, el corazón mismo de la Iglesia -porque en la Eucaristía late el Corazón vivo de Cristo, herido traspasado por nuestro amor-, y habrá de ser también el centro de nuestra vida.
Sin Misa no puede haber vida cristiana. Sin Misa no puede haber Iglesia. La Eucaristía "hace" la Iglesia y la Iglesia "hace" la Eucaristía.
Al participar en el Sacrificio eucarístico con las debidas disposiciones se nos concede entrar en el misterio de caridad y de amor que es la vida misma de Dios, hasta el punto que esa vida divina se nos comunica a nosotros, simples y pobres criaturas.
Al participar en el Sacrificio eucarístico no somos meros espectadores, como quien acude a una representación o a un espectáculo. No somos espectadores, sino invitados, en calidad de hijos muy amados de Dios, a compartir el banquete de amor y caridad de las Tres Divinas Personas.
Celebrar dignamente este Sacrificio como miembros vivos de la Iglesia requiere previamente de nuestra parte el reconocimiento de nuestra condición de pecadores; requiere la humildad de acercarnos a Cristo a través del Sacramento de la Reconciliación para que Él mismo nos limpie y purifique en las aguas torrenciales de su amor misericordioso.
Quien no se reconoce pecador tampoco se puede sentir necesitado del Santo Sacrificio de la Misa. Quien pierde la conciencia de ser pecador acaba por perder la conciencia de los fines de la Santa Misa, por pervertir y corromper la comprensión auténtica del misterio eucarístico.
Celebrar dignamente este Sacrificio de Cristo requiere de nosotros la clara conciencia de que este es también el Sacrificio de la Iglesia, el sacrificio de todos los miembros del Cuerpo Místico y, por lo tanto, nuestro propio sacrificio.
Celebrar dignamente requiere de nosotros aceptar el compromiso de vivir inmersos en el amor de Dios, ejercitando cada día la virtud de la caridad, tal y como el Apóstol nos recuerda en la epístola de este día: siendo pacientes y benignos, generosos y humildes, pacíficos y bondadosos. De esta forma nuestra vida se transformará en un culto espiritual agradable a Dios, ofrecido juntamente con Cristo, íntimamente unidos a la oblación que Él hace de Sí mismo en el Altar.
Pidamos a la Virgen ofrente, Madre del Amor Hermoso, que nos alcance la gracia de permanecer en el amor de Cristo, culmen de nuestra vocación cristiana. Amén.
En este domingo de quincuagésima la Iglesia se vuelve hacia Dios rogándole que la hostia ofrecida en el Santo Sacrificio de la Misa limpie nuestros pecados y santifique las almas y los cuerpos de sus siervos, de tal forma que así podamos celebrar dignamente este sacrificio.
Por la fe sabemos y conocemos que la sagrada hostia que se ofrece es Nuestro Señor Jesucristo. Es a Él a quien confesamos e invocamos como el "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Por el Sacrificio santo y puro de Jesucristo se nos concede por gracia la remisión de nuestros pecados.
La fuerza de su amor y el torrente de su misericordia, manifestados en la Cruz y renovados en el Altar, son el manantial que nos purifica y que nos santifica.
Sí, la Santa Misa nos acerca el amor redentor de Jesucristo, el amor misericordioso del Padre y el amor santificador y vivicante del Santo Espíritu. Es por ello, que el Sacrificio del Altar es verdaderamente el centro de la vida cristiana, el corazón mismo de la Iglesia -porque en la Eucaristía late el Corazón vivo de Cristo, herido traspasado por nuestro amor-, y habrá de ser también el centro de nuestra vida.
Sin Misa no puede haber vida cristiana. Sin Misa no puede haber Iglesia. La Eucaristía "hace" la Iglesia y la Iglesia "hace" la Eucaristía.
Al participar en el Sacrificio eucarístico con las debidas disposiciones se nos concede entrar en el misterio de caridad y de amor que es la vida misma de Dios, hasta el punto que esa vida divina se nos comunica a nosotros, simples y pobres criaturas.
Al participar en el Sacrificio eucarístico no somos meros espectadores, como quien acude a una representación o a un espectáculo. No somos espectadores, sino invitados, en calidad de hijos muy amados de Dios, a compartir el banquete de amor y caridad de las Tres Divinas Personas.
Celebrar dignamente este Sacrificio como miembros vivos de la Iglesia requiere previamente de nuestra parte el reconocimiento de nuestra condición de pecadores; requiere la humildad de acercarnos a Cristo a través del Sacramento de la Reconciliación para que Él mismo nos limpie y purifique en las aguas torrenciales de su amor misericordioso.
Quien no se reconoce pecador tampoco se puede sentir necesitado del Santo Sacrificio de la Misa. Quien pierde la conciencia de ser pecador acaba por perder la conciencia de los fines de la Santa Misa, por pervertir y corromper la comprensión auténtica del misterio eucarístico.
Celebrar dignamente este Sacrificio de Cristo requiere de nosotros la clara conciencia de que este es también el Sacrificio de la Iglesia, el sacrificio de todos los miembros del Cuerpo Místico y, por lo tanto, nuestro propio sacrificio.
Celebrar dignamente requiere de nosotros aceptar el compromiso de vivir inmersos en el amor de Dios, ejercitando cada día la virtud de la caridad, tal y como el Apóstol nos recuerda en la epístola de este día: siendo pacientes y benignos, generosos y humildes, pacíficos y bondadosos. De esta forma nuestra vida se transformará en un culto espiritual agradable a Dios, ofrecido juntamente con Cristo, íntimamente unidos a la oblación que Él hace de Sí mismo en el Altar.
Pidamos a la Virgen ofrente, Madre del Amor Hermoso, que nos alcance la gracia de permanecer en el amor de Cristo, culmen de nuestra vocación cristiana. Amén.
REPORTAJE FOTOGRÁFICO
ADORACIÓN EUCARÍSTICA