"Toda hermosa eres, oh María, y en ti no hay mancha de pecado original".
En estas palabras se resume la alegría que experimenta la Iglesia en este día y la alegría que experimentamos todos los hijos y devotos de la Virgen Santísima.
Contemplamos a María toda hermosa, pero con una hermosura que nada tiene que ver con la vanidad del mundo.
La hermosura de María no es de apariencia, ni ficticia.
No es la belleza pasajera de este mundo, pues la belleza de esta vida se disipa, se marchita y se acaba.
Por el contrario, la hermosura de la Santísima Virgen es real y duradera, es divina.
Es la belleza de Dios reflejada en su criatura más amada y predilecta.
María es un destello de la suprema e infinita belleza que es Dios. Quien la contempla, luego ya no encuentra nada que se le pueda comparar e igualar.
A quien descubre por gracia la belleza de Dios reflejada en la Inmaculada María, toda otra belleza le resulta parcial e incompleta.
A quien le es dado sospechar y gustar la belleza de Dios, termina por descubrir que la belleza de las creaturas no puede ser sino participación de la hermosura soberana de Dios .
María es hermosa con una hermosura que abarca su ser entero: su cuerpo santísimo y virginal, y su alma inmaculada, adornada con todas las virtudes y dones que son posibles en una criatura.
Fuera de Dios no hay belleza ni hermosura comparable a María.
"Dios Padre juntó todas las aguas y las llamó mar, juntó todas las gracias y las llamó María".
D. Manuel Folgar
