"Después de haber oído al rey, se fueron, y la estrella que habían visto en Oriente les precedía, hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella sintieron grandísimo gozo, y, llegando a la casa, vieron al niño con María, su madre, y de hinojos le adoraron, y abriendo sus cofres, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra" Mt 2, 9-11Una de las consecuencias más funestas que se derivan de la corrupción litúrgica es la pérdida del espíritu de adoración. A ello contribuyen todas esas celebraciones carentes de sentido sobrenatural en las que la comunidad se repliega sobre sí misma en vez de abrirse a la catolicidad y al misterio de Dios. Celebraciones en las que el culto a Dios pasa a un segundo o tercer plano, cuando no desaparece absolutamente del horizonte. Pseudoliturgias que pretenden celebrar la vida de los asistentes más que entrar en comunión con Aquél que es la Vida.
Adorar "en espíritu y en verdad" sólo es posible dejándose enseñar y guiar por el Espíritu Santo. Nunca podrá ser fruto de artificos humanos, ni de técnicas psicológicas, ni de preparaciones ambientales.
Adorar "en espíritu y en verdad" no es posible sin entrar en comunión con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote que es el primer adorador del Padre.
Es en medio de la Iglesia, "templo del Dios vivo", y en plena comunión con Ella, "Cuerpo místico de Cristo", como podemos formar parte de la muchedumbre que en el correr de los siglos , primero en la tierra y luego en el cielo, adoran al único y verdadero Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
No nos cabe duda que recuperar, promover y fortalecer el espíritu de adoración en el seno mismo de la Iglesia es uno de los principales objetivos que se ha propuesto Su Santidad el Papa Benedicto XVI.
"Ya decía san Agustín: "nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; (...) peccemus non adorando -Nadie come de esta carne sin antes adorarla(...) pecaríamos si no la adoráramos". En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es si no la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica" -Sacramentum Caritatis 66-
Hemos leído en el texto de San Mateo como los Magos ante la presencia del Niño Dios "de hinojos le adoraron". Es de vital importancia que nuestro cuerpo se una a nuestra alma expresando mediante el lenguaje corporal la actitud de adoración de nuestro espíritu. Es muy importante que no neguemos a Dios el culto público, visible y exterior que ha de ser manifestación de nuestra fe y de nuestro amor.
¿Concuerdan con estas enseñanzas del Vicario de Cristo esos templos de los que se han retirado los reclinatorios, impidiendo a los fieles la adoración pública del Santísimo Sacramento?
¿Contribuyen a la dignidad del culto, a la sacralidad de la Santa Misa y a la piedad de los fieles la ausencia de actos externos de adoración promovidos por no pocos sacerdotes? ¿Deben plegarse los fieles a semejantes abusos de autoridad? La respuesta es clara: ni deben plegarse, ni deben contribuir a semejante corrupción del auténtico espíritu del culto católico.
Benedicto XVI nos enseña en Sacramentum Caritatis que la Santa Misa es el acto más grande de adoración de la Iglesia. Cualquiera lo diría al observar, tristemente, numerosísimas celebraciones.
También en esto los fieles tienen en su mano el colaborar a que así sea. Cuando el sacerdote se empeña en desacralizar la Santa Misa deben exigir que se respeten las normas litúrgicas, deben acudir a la autoridad competente pidiendo que sus derechos sean respetados. Y deben, si no son debidamente atendidos, asistir allí donde el culto es celebrado con la dignidad exigida por la Iglesia.
Los laicos pueden y deben hacer mucho más de lo que a veces hacen para contribuir a que la Sagrada Liturgia de la Iglesia sea respetada y dignificada. Sólo así, en una labor conjunta, podremos ir arrinconando todas esas actitudes sectarias de quienes pretenden implantar una Iglesia a su medida, conforme a sus gustos y caprichos, haciendo de verdaderos caballos de Troya en el seno mismo de la Iglesia.
Es la hora de que los fieles promuevan también el culto permanente a la Divina Eucaristía, engrosando las filas de aquellas asociaciones que fomentan dicho culto, como la Adoración Nocturna y otras. Acudiendo a adorar al Señor allí donde está expuesto, o haciendo la Visita diaria a Jesús Sacramentado.
Sólo a través de un profundo amor y reverencia a la Santa Misa, de una piedad eucarística sincera y de la adoración frecuente podremos atraer innumerables gracias sobre la Iglesia y sobre la humanidad entera. Es este espíritu de adoración el motor de la nueva evangelización.
Desde cada Sagrario y desde cada Altar somos invitados: Venite, adoremus.