Con motivo de la Fiesta de San Julián, Patrón de la Isla de Arosa, D. Manuel Folgar pronunció la siguiente homilía en la parroquia isleña:Queridos hermanos:
Esta fecha del 7 de enero tiene para todos nosotros un significado especial al conmemorar la fiesta de nuestro patrono San Julián. Somos conscientes de que somos eslabones de una cadena que comenzó a engarzarse hace muchos años en este querido pueblo de la Isla y de la que forman parte también nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados. También ellos, como hoy nosotros, festejaron en este día la memoria de San Julián y acudieron a su intercesión para por medio de él alcanzar las gracias y la protección de Dios sobre todas las familias cristianas de esta parroquia.La fiesta patronal nos recuerda de algún modo que no somos seres solitarios, que no pasamos por este mundo en el anonimato, que nuestra vida no es simplemente un vivir al lado de otras personas, sin más.
La fiesta patronal viene a renovar en todos nosotros la conciencia de que somos una familia, la familia parroquial. Desde el día de nuestro nacimiento formamos parte de una comunidad humana particular que es nuestro pueblo, en el cual no somos seres anónimos. Podemos decir que cada uno de nosotros no somos sólo el fruto de la generación de nuestros padres, sino también el fruto de todos los hombres y mujeres que han colaborado con su trabajo, con su vida y con su humanidad a construir un pueblo, una comunidad humana digna en la que nosotros hemos sido acogidos y nos hemos integrado.
Esta realidad ha de despertar también en cada uno el deseo de aportar lo mejor de sí mismo para contribuir al bien común.
Somos miembros de una comunidad humana que es nuestro pueblo, pero somos además miembros de una comunidad, aún mucho más amplia y que se extiende por la tierra entera.
Desde el día de nuestro bautismo fuimos incorporados a la Iglesia Católica, siendo acogidos en nuestra querida comunidad parroquial de la Isla.
También la parroquia ha sido para nosotros una verdadera familia en la que hemos crecido, en la que hemos aprendido las verdades eternas. La vida de cada uno de nosotros está íntimamente ligada a la vida parroquial: al lado de otros niños, durante años, hemos acudido a la catequesis parroquial. Cada domingo nos venimos encontrando con nuestros vecinos y amigos para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Aquí se han desarrollado acontecimientos muy importantes en la vida de muchas, por no decir de todas, las familias: el bautismo de los pequeños, la primera comunión de los niños, las confirmaciones de los jóvenes, las bodas de nuestros padres, hermanos y familiares. Y algo tan personal y entrañable como es también la última despedida de nuestros seres queridos y de nuestros amigos.
Es muy importante caer en la cuenta de esta estrechísima vinculación que todos tenemos con nuestra parroquia. Al analizar esta realidad uno cae en la cuenta de que su vida va discurriendo toda ella en medio de una verdadera y auténtica familia: la familia de sangre, la familia de los vecinos, y la familia cristiana formada por todos aquellos que profesamos la misma fe Católica.
Así lo ha previsto Dios. Él no nos ha creado para vivir en soledad, sino para vivir en familia.
Esta dimensión familiar de nuestra existencia es un don, un regalo de Dios. No hay que pensar mucho para descubrir cómo nuestra vida personal está profundamente ligada a tantas personas con las que hemos compartido nuestra existencia y de las que hemos recibido ayuda, cariño, amistad, compañía, ánimo y consuelo en las dificultades.
Pero, esta dimensión familiar de nuestra existencia además de ser un regalo de Dios es también una responsabilidad.
Así como hemos recibido bienes de los otros, tenemos la responsabilidad personal de contribuir al bien de los demás, de poner nuestras cualidades al servicio de nuestro pueblo y de nuestra parroquia. Es dándonos y entregándonos con generosidad como verdaderamente crecemos y maduramos en cuanto personas y cristianos.
Todos tienen siempre algo que aportar, toda persona está capacitada para hacer el bien a los demás, todo el mundo puede colaborar y arrimar el hombro para que las cosas vayan cada vez mejor. La generosidad no es sólo un valor humano, es también un verdadero valor cristiano. Y en la medida en que buscamos no sólo el bien personal, sino también el bien de los otros, en esa misma medida estamos siendo verdaderos cristianos y verdaderos hijos de Dios.
Al crear el mundo Dios soñó con una humanidad que fuese una verdadera familia, la familia humana sostenida y apoyada sobre el fundamento de la vida familiar.
En efecto, las familias son el fundamento de los pueblos, de las parroquias, de las naciones y de la sociedad misma.
¡Qué hermoso día, este de nuestro santo Patrón San Julián, para agradecer a Dios el don de nuestras familias!
Un día apropiado para recordar a todos los que nos han precedido y nos han legado lo que somos y lo que tenemos.
Pero también es un día apropiado para que como comunidad parroquial nos unamos a la Iglesia entera y anunciemos con alegría el evangelio de la familia.
Las familias cristianas están llamadas en este momento a dar testimonio de que el amor y la fidelidad son valores auténticos por los que vale la pena luchar. La fidelidad, cuando es verdaderamente fruto del amor y del respeto, más que una carga es una fuente de alegría para los mismos esposos y para los hijos.
Las familias cristianas están llamadas a dar testimonio del valor supremo y sagrado de la vida humana. Nunca la vida de un niño puede ser valorada como una tragedia, una desgracia o una maldición, sino como un don y como una bendición del Creador. Jamás se podrá equiparar la vida con la muerte.
La familia ha de redescubrir la función educadora que Dios le ha otorgado. Han de ser los padres los primeros y constantes educadores de sus hijos, dándoles una educación humana y cristiana.
Es en el hogar, bajo la mirada atenta de los padres y de los abuelos, donde los niños y los jóvenes han de imbuirse de los verdaderos valores humanos y cristianos: el respeto, la educación, la generosidad, la piedad, también la capacidad de sacrificio, la honradez, y todos esos valores que luego harán posible que haya ciudadanos responsables y cristianos a carta cabal.
La escuela y la parroquia nada pueden si no cuentan con la ayuda y con la colaboración de los padres.
En este día, fiesta de la familia parroquial, encomendemos a San Julián a todas las familias cristianas de la Isla para que permanezcan en la unidad, en la fidelidad, y sean fundamento seguro de la vida social y cristiana. Amén.
Esta realidad ha de despertar también en cada uno el deseo de aportar lo mejor de sí mismo para contribuir al bien común.
Somos miembros de una comunidad humana que es nuestro pueblo, pero somos además miembros de una comunidad, aún mucho más amplia y que se extiende por la tierra entera.
Desde el día de nuestro bautismo fuimos incorporados a la Iglesia Católica, siendo acogidos en nuestra querida comunidad parroquial de la Isla.
También la parroquia ha sido para nosotros una verdadera familia en la que hemos crecido, en la que hemos aprendido las verdades eternas. La vida de cada uno de nosotros está íntimamente ligada a la vida parroquial: al lado de otros niños, durante años, hemos acudido a la catequesis parroquial. Cada domingo nos venimos encontrando con nuestros vecinos y amigos para asistir al Santo Sacrificio de la Misa. Aquí se han desarrollado acontecimientos muy importantes en la vida de muchas, por no decir de todas, las familias: el bautismo de los pequeños, la primera comunión de los niños, las confirmaciones de los jóvenes, las bodas de nuestros padres, hermanos y familiares. Y algo tan personal y entrañable como es también la última despedida de nuestros seres queridos y de nuestros amigos.
Es muy importante caer en la cuenta de esta estrechísima vinculación que todos tenemos con nuestra parroquia. Al analizar esta realidad uno cae en la cuenta de que su vida va discurriendo toda ella en medio de una verdadera y auténtica familia: la familia de sangre, la familia de los vecinos, y la familia cristiana formada por todos aquellos que profesamos la misma fe Católica.
Así lo ha previsto Dios. Él no nos ha creado para vivir en soledad, sino para vivir en familia.
Esta dimensión familiar de nuestra existencia es un don, un regalo de Dios. No hay que pensar mucho para descubrir cómo nuestra vida personal está profundamente ligada a tantas personas con las que hemos compartido nuestra existencia y de las que hemos recibido ayuda, cariño, amistad, compañía, ánimo y consuelo en las dificultades.
Pero, esta dimensión familiar de nuestra existencia además de ser un regalo de Dios es también una responsabilidad.
Así como hemos recibido bienes de los otros, tenemos la responsabilidad personal de contribuir al bien de los demás, de poner nuestras cualidades al servicio de nuestro pueblo y de nuestra parroquia. Es dándonos y entregándonos con generosidad como verdaderamente crecemos y maduramos en cuanto personas y cristianos.
Todos tienen siempre algo que aportar, toda persona está capacitada para hacer el bien a los demás, todo el mundo puede colaborar y arrimar el hombro para que las cosas vayan cada vez mejor. La generosidad no es sólo un valor humano, es también un verdadero valor cristiano. Y en la medida en que buscamos no sólo el bien personal, sino también el bien de los otros, en esa misma medida estamos siendo verdaderos cristianos y verdaderos hijos de Dios.
Al crear el mundo Dios soñó con una humanidad que fuese una verdadera familia, la familia humana sostenida y apoyada sobre el fundamento de la vida familiar.
En efecto, las familias son el fundamento de los pueblos, de las parroquias, de las naciones y de la sociedad misma.
¡Qué hermoso día, este de nuestro santo Patrón San Julián, para agradecer a Dios el don de nuestras familias!
Un día apropiado para recordar a todos los que nos han precedido y nos han legado lo que somos y lo que tenemos.
Pero también es un día apropiado para que como comunidad parroquial nos unamos a la Iglesia entera y anunciemos con alegría el evangelio de la familia.
Las familias cristianas están llamadas en este momento a dar testimonio de que el amor y la fidelidad son valores auténticos por los que vale la pena luchar. La fidelidad, cuando es verdaderamente fruto del amor y del respeto, más que una carga es una fuente de alegría para los mismos esposos y para los hijos.
Las familias cristianas están llamadas a dar testimonio del valor supremo y sagrado de la vida humana. Nunca la vida de un niño puede ser valorada como una tragedia, una desgracia o una maldición, sino como un don y como una bendición del Creador. Jamás se podrá equiparar la vida con la muerte.
La familia ha de redescubrir la función educadora que Dios le ha otorgado. Han de ser los padres los primeros y constantes educadores de sus hijos, dándoles una educación humana y cristiana.
Es en el hogar, bajo la mirada atenta de los padres y de los abuelos, donde los niños y los jóvenes han de imbuirse de los verdaderos valores humanos y cristianos: el respeto, la educación, la generosidad, la piedad, también la capacidad de sacrificio, la honradez, y todos esos valores que luego harán posible que haya ciudadanos responsables y cristianos a carta cabal.
La escuela y la parroquia nada pueden si no cuentan con la ayuda y con la colaboración de los padres.
En este día, fiesta de la familia parroquial, encomendemos a San Julián a todas las familias cristianas de la Isla para que permanezcan en la unidad, en la fidelidad, y sean fundamento seguro de la vida social y cristiana. Amén.