29 de junio de 2015

SANTOS PEDRO Y PABLO, APÓSTOLES


"Oh Dios, que santificasteis el presente día con el glorioso martirio de vuestros Apóstoles Pedro y Pablo; haced que jamás se aparte vuestra Iglesia de las enseñanzas por las que empezó nuestra Religión. Por nuestro Señor Jesucristo..." (Oración colecta)

Los dos Santos Apóstoles sufrieron el martirio en Roma durante la persecución de Nerón en los años 66 y 67.
San Pedro murió crucificado cabeza abajo y enterrado en la colina Vaticana. San Pablo, al ser ciudadano romano, fue degollado y su sepulcro se encuentra en la actual Basílica de Extramuros.
El motivo de su martirio no fue otro que el fiel cumplimiento por parte de los Apóstoles del mandato misionero recibido de Jesús: "Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará." (Mc 16, 15).
En esto consistía la misión que el Señor les había encomendado: 
1. Regir al Pueblo Santo de Dios
2. Predicar el Evangelio,anunciando a Cristo Muerto y Resucitado y enseñando a las gentes a guardar todo aquello que el Señor les había enseñado.
3. Bautizar a las gentes y administrar los sacramentos de la fe, instrumentos para infundir la gracia de Dios en las almas.
Se trataba de un ministerio que requería la entrega de la propia vida; una dedicación total por parte de los Apóstoles. Una encomienda sobrehumana, pues el Evangelio de la Gracia y de la Redención debería ser predicado hasta los confines de la tierra.
Los Apóstoles consagraron el resto de sus vidas a llevar a cabo esta empresa divina como discípulos del Maestro y testigos de su Muerte y de su Resurrección.
Para llevar a cabo la misión encomendada por Nuestro Señor Jesucristo,Él no dejó a sus Apóstoles a merced de sus solas fuerzas. Desde el día de Pentecostés contaban con la asistencia permanente del Espíritu Santo que los iluminaba, los guiaba y  actuaba disponiendo a las almas para recibir y acoger la predicación apostólica. De esta forma,por la predicación de los Apóstoles el Espíritu Santo movía a la conversión a aquellos que deseaban y buscaban la salvación de Dios.
La misión apostólica, empresa divina, iniciada con la Encarnación del Verbo, Nuestro Señor Jesucristo, habría de enfrentarse no solamente con la necedad, la ignorancia y el pecado de los hombres. Las mismas fuerzas del infierno trabajarían sin descanso para frustrar el plan salvador de Dios e impedir que los frutos de la Redención regenerasen y vivificasen a los redimidos.
Gracias a la luz del Espíritu Santo los Apóstoles llegaron a comprender en toda su hondura las dramáticas advertencias del Salvador que los prevenía diciéndoles que los enviaba al mundo como corderos en medio de los lobos, y que no eran ellos más que su Señor que fue tentado por el mismo Satanás y permanentemente hostigado por los hombres de perverso corazón.
El mismo Señor que libremente los eligió y los envió al mundo, oró al Padre por ellos en la noche de su Pasión y determinó en su amor hasta el extremo asociarlos también a su martirio y a su glorificación.
Sobre la Sangre de Cristo y de sus Apóstoles se edifica la única Iglesia Santa, Católica y Apostólica. Ella es la continuadora en la historia de la misión apostólica de Cristo confiada a sus Apóstoles.
Al igual que Cristo y luego sus Apóstoles, también la Iglesia continuará en el transcurso de los siglos derramando su sangre, que es la sangre de sus hijos, por un único motivo: DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD.
Para eso se encarnó la Segunda Persona de la Trinidad Beatísima en el seno Virginal de Santa María. Para eso vino al mundo, se humilló y abajó; sufrió, padeció y murió: PARA DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD.
Para eso mismo eligió, envió y consintió el martirio de sus Apóstoles: PARA DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD.
Y con ese mismo fin instituyó su Iglesia visible y militante,al frente de la cual puso a Pedro como Cabeza visible y a sus Sucesores los Romanos Pontífices, y bajo su autoridad y pastoreo a los Obispos, Sucesores de los Apóstoles: PARA DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD. Y si fuese preciso también con su sangre. Ellos, Papa y Obispos, son los primeros que deben sentirse impelidos a cumplir con ese sacrosanto deber.
La prueba más evidente de que el Señor no ha dejado de asistir a su Iglesia mediante el envío del Espíritu Santo con sus dones podemos contemplarla en nuestros días con renovado estupor en el martirio de tantos hermanos nuestros que se unen a la pléyade incontable de mártires cristianos cuya sangre es derramada en precio por DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD.
La VERDAD que es Cristo Maestro, Dios verdadero, Redentor del género humano, Único Mediador entre Dios y los hombres.
La VERDAD que es Cristo Jesús, Palabra eterna del Padre, que instruyó a sus Apóstoles y que confió el "depósito de la Verdad" a su Iglesia Santa y a la fiel custodia del Romano Pontífice y de los Obispos para que lo conserven fielmente y lo transmitan íntegramente en el devenir de la historia.
Es esta verdad de fe la que impregna la oración colecta de la Sagrada Liturgia de este día en el que veneramos a los Bienaventurados Pedro y Pablo, maestros de la fe y columnas de la Iglesia. Oración que ante la gravedad de los tiempos presentes debiéramos elevar diariamente con todo el fervor del corazón: "Haced Señor que jamás se aparte vuestra Iglesia de las enseñanzas por las que empezó nuestra Religión".
Manuel María de Jesús F.F.

20 de junio de 2015

SÁBADO MARIANO

SEGUNDA APARICIÓN DE NUESTRA SEÑORA EN COVA DE IRÍA
Día 13 de junio de 1917.
– Después de rezar el Rosario con Jacinta y Francisco y algunas personas que estaban presentes, vimos de nuevo el reflejo de la luz que se acercaba (y que llamábamos relámpago), y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina, todo lo mismo que en Mayo.
– ¿Qué quiere Usted de mí? – pregunté.
– Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que recéis el Rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero.
Pedí la curación de un enfermo.
– Si se convierte, se curará durante el año.
– Quería pedirle que nos llevase al Cielo.
– Sí; a Jacinta y a Francisco los llevaré pronto. Pero tú quedarás aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón.
–¿Me quedo aquí sola? – pregunté, con pena.
– No, hija. ¿Y tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios.
Fue en el momento en que dijo estas palabras, cuando abrió las manos y nos comunicó, por segunda vez, el reflejo de esa luz inmensa. En ella nos veíamos como sumergidos en Dios. Jacinta y Francisco parecían estar en la parte de la luz que se elevaba al Cielo y yo en la que esparcía sobre la tierra. Delante de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora estaba un corazón, cercado de espinas, que parecían estar clavadas en él. Comprendimos que era el Inmaculado Corazón de María, ultrajado por los pecados de la Humanidad, que pedía reparación.
He aquí, Exmo. y Reverendísimo Sr. Obispo, a lo que nos referíamos cuando decíamos que Nuestra Señora nos había revelado un secreto en el mes de junio. Nuestra Señora no nos mandó aún, esta vez, guardar secreto; pero sentíamos que Dios nos movía a eso.
Fuente: Cuarta memoria de la Hermana Lucía

PAPA FRANCISCO: DEBILIDAD, ORACIÓN Y PERDÓN

(RV).-  Que el cristiano sea consciente de que, sin la ayuda del Señor, no puede caminar en la vida. Lo subrayó el Papa Francisco en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en que también destacó que sólo podemos rezar bien si somos capaces de perdonar a los hermanos y tener el corazón en paz.
El Papa Bergoglio desarrolló su reflexión sobre tres puntos, a saber: debilidad, oración y perdón. Y recordó que, ante todo, somos “débiles”. Una debilidad que “todos tenemos después de la herida del pecado original”.
Sin la ayuda del Señor no podemos dar un paso
Somos débiles – reafirmó Francisco – “resbalamos en los pecados, no podemos ir adelante sin la ayuda del Señor”:
“Quien se cree fuerte, quien se cree capaz de desenvolverse solo por lo menos es ingenuo y, al final, sigue siendo un hombre derrotado por tantas, tantas debilidades que lleva en sí mismo. La debilidad que nos conduce a pedir ayuda al Señor puesto que hemos rezado: ‘En nuestra debilidad nada podemos sin tu ayuda’. No podemos dar un paso en la vida cristiana sin la ayuda del Señor, porque somos débiles. Y aquel que está de pie, esté atento a no caer porque es débil”.
También somos débiles en la fe –  añadió Francisco –, puesto que “todos nosotros tenemos fe – dijo  – todos nosotros queremos ir adelante en la vida cristiana pero si no somos conscientes de nuestra debilidad terminaremos todos vencidos”. Por esta razón –  añadió –  es bella aquella oración que dice: “Señor sé que en mi debilidad nada puedo sin tu ayuda”.
Nuestra oración no necesita demasiadas palabras
Dirigiendo un pensamiento a la “oración”, el Papa recordó que Jesús “enseña a orar”, pero no “como los paganos” que pensaban “ser escuchados a fuerza de palabras”. Y dijo, por ejemplo, que la madre de Samuel pedía al Señor la gracia de tener un hijo rezando, moviendo apenas los labios. A la vez que el sacerdote que estaba allí, la miraba y creía que ella estaba borracha por lo que le hizo un reproche.
“Sólo movía los labios porque no lograba hablar… Pedía un hijo. Así se reza ante el Señor. Y la oración, puesto que nosotros sabemos que Él es bueno y sabe todo de nosotros y sabe las cosas de las que tenemos necesidad, comenzamos a decir aquella palabra: ‘Padre’, que es una palabra humana, ciertamente, que nos da vida, pero en la oración sólo podemos decirla con la fuerza del Espíritu Santo”.
Francisco exhortó diciendo: “Comencemos la oración con la fuerza del Espíritu que reza en nosotros, rezar así, sencillamente. Con el corazón abierto ante la presencia de Dios que es Padre y sabe, sabe de qué cosas nosotros tenemos necesidad antes que las digamos”.
El perdón es una gran fortaleza, una gracia del Señor
En fin, el Obispo de Roma dirigió la atención al perdón, destacando que Jesús enseñó a sus discípulos que si ellos no perdonaban las culpas de los demás, ni siquiera el Padre los perdonaría a ellos:

“Sólo podemos rezar bien y decir ‘Padre’ a Dios si nuestro corazón está en paz con los demás, con los hermanos. ‘Pero, padre, éste me ha hecho esto; éste me ha hecho esto y me ha hecho aquello...’. ‘Perdona. Perdona, como Él te perdonará’. Y así la debilidad que nosotros tenemos, con la ayuda de Dios en la oración se transforma en una fortaleza porque el perdón es una gran fortaleza. Hay que ser fuertes para perdonar, pero esta fortaleza es una gracia que nosotros debemos recibir del Señor porque somos débiles”.

"QUIERO QUE CONTINÚE LA BUENA OBRA EN LA LITURGIA INICIADA POR EL PAPA BENEDICTO XVI"

Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
El cardenal explica su conversación con el Santo Padre cuando le nombró prefecto
«Cuando el Santo Padre, el Papa Francisco, me pidió que aceptar el ministerio de Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, le pregunté: “Santidad, ¿cómo quiere que ejerza este ministerio? ¿Qué quiere que haga como prefecto de esta Congregación?” La respuesta del Santo Padre fue clara: “Quiero que continúe implementando la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II“, dijo,”y quiero que continúe la buena obra en la liturgia iniciada por el Papa Benedicto XVI“».
A continuación, el cardenal enfatiza dos áreas que considera de especial importancia para el trabajo:
«La primera es dejar totalmente claro lo que es la liturgia católica: es la adoración a Dios Todopoderoso, el lugar donde la humanidad se encuentra con Dios vivo y operante en su Iglesia hoy. … La liturgia no es un evento social donde venimos primero, donde lo  importante es que expresemos nuestra identidad. No, lo primero es DiosLa liturgia de la Iglesia se nos da por la tradición – no es cosa nuestra rehacer los ritos que celebramos, o cambiarlos para que se adapten a nosotros mismos o para reflejar nuestras propias ideas más allá de las opciones legítimas permitidas por los libros litúrgicos. … »
La segunda área es:
«La promoción de una sólida formación litúrgica. La Sacrosanctum Concilium llegó incluso tan lejos como para decir que la reforma litúrgia no podría llevarse a cabo “si antes los mismos pastores de almas no se impregnan totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia, y llegan a ser maestros de la misma” (SC,14)».
Fuente: New Liturgical Movement

12 de junio de 2015

¡SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, EN VOS CONFÍO!

ACTO DE CONFIANZA
Dios mío, estoy tan persuadido de que veláis sobre todos los que en Vos esperan y de que nada puede faltar a quien de Vos aguarda toda las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando sobre Vos todas mis inquietudes. Mas yo dormiré en paz y descansaré; porque Tú ¡Oh Señor! Y sólo Tú, has asegurado mi esperanza.
Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación; las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de serviros; yo mismo puedo perder vuestra gracia por el pecado; pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz.
Que otros esperen su felicidad de su riqueza o de sus talentos; que se apoyen sobre la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú, Señor, solo Tú, has asegurado mi esperanza.
A nadie engañó esta confianza. Ninguno de los que han esperado en el Señor ha quedado frustrado en su confianza.
Por tanto, estoy seguro de que seré eternamente feliz, porque firmemente espero serlo y porque de Vos ¡oh Dios mío! Es de Quien lo espero. En Ti esperé, Señor, y jamás seré confundido.
Bien conozco ¡ah! Demasiado lo conozco, que soy frágil e inconstante; sé cuanto pueden las tentaciones contra la virtud más firme; he visto caer los astros del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de esto puede aterrarme. Mientras mantenga firme mi esperanza, me conservaré a cubierto de todas las calamidades; y estoy seguro de esperar siempre, porque espero igualmente esta invariable esperanza.
En fin, estoy seguro de que no puedo esperar con exceso de Vos y de que conseguiré todo lo que hubiere esperado de Vos. Así, espero que me sostendréis en las más rápidas y resbaladizas pendientes, que me fortaleceréis contra los más violentos asaltos y que haréis triunfar mi flaqueza sobre mis más formidables enemigos. Espero que me amaréis siempre y que yo os amaré sin interrupción; y para llevar de una vez toda mi esperanza tan lejos como puedo llevarla, os espero a Vos mismo de Vos mismo ¡oh Creador mío! Para el tiempo y para la eternidad. Así sea.
San Claudio de la Colombiere

UNA LLAMADA A LAS ALMAS

Quiero que las almas crean en mi Misericordia, que lo esperen todo de mi Bondad, que no duden nunca de mi Perdón.
Yo soy el amor. Mi Corazón no puede contener la llama que constantemente le devora.
Yo amo a las almas hasta tal punto, que he dado la vida por ellas.
Por su amor he querido quedarme prisionero en el Sagrario, y hace veinte siglos que permanezco allí noche y día, oculto bajo las especies de pan, escondido en la hostia, soportando, por amor, el olvido, la soledad, los desprecios, blasfemias, ultrajes y sacrilegios.
El amor a las almas me impulsó a dejarles el sacramento de la Penitencia, para perdonarles, no una vez ni dos, sino cuantas veces necesiten recobrar la gracia. Allí las estoy esperando; allí deseo que vengan a lavarse de sus culpas, no con agua sino con mi propia Sangre.
En el transcurso de los siglos, he revelado de diferentes modos mi amor a los hombres y el deseo que me consume de su salvación. Les he dado conocer mi propio Corazón. Esta devoción ha sido como una luz que ha iluminado al mundo y hoy es el medio de que se valen para mover los corazones la mayor parte de los que trabajan por extender mi Reino.
Ahora quiero algo más; sí, en retorno del amor que tengo a las almas, les pido que ellas me devuelvan amor; pero no es éste mi único deseo; quiero que crean en mi misericordia, que lo esperen todo de mi bondad, que no duden nunca de mi perdón.
Soy Dios, pero Dios de Amor. Soy Padre, pero Padre que ama con ternura, no con severidad. Mi Corazón es infinitamente santo, pero también infinitamente sabio; conoce la fragilidad y miseria humana, y se inclina hacia los pobres pecadores con misericordia infinita.
Sí, amo a las almas después que han cometido el primer pecado si vienen a pedirme humildemente perdón... Las amo después de llorar el segundo pecado, ¡y si esto se repite no un millar de veces, sino un millón de millares, las amo, las perdono, y lavo con mi misma Sangre el último pecado como el primero!
No me canso de las almas y mi Corazón está siempre esperando que vengan a refugiarse en Mí. Tanto más cuanto más miserables sean.
¿Acaso no tiene un padre más cuidado del hijo enfermo que de los que gozan de buena salud? ¿No es verdad que para aquél es mucho mayor su ternura y solicitud? De la misma manera, mi Corazón derrama con más largueza su ternura y compasión sobre los pecadores que sobre los justos.
Esto es lo que quiero explicar a las almas; Yo enseñaré a los pecadores que la misericordia de mi Corazón es inagotable; a las almas frías e indiferentes, que mi Corazón es fuego y fuego que desea abrasarlas porque las ama; a las almas piadosas y buenas, que mi Corazón es el camino para avanzar en la perfección y por él llegarán con seguridad al término de la bienaventuranza. Por último, a las almas que me están consagradas, a los sacerdotes, a los religiosos, mis almas escogidas y preferidas, les pediré una vez más, que me den su amor y no duden nunca del mío; pero, sobre todo, que me den su confianza y no duden de mi misericordia. ¡Es tan fácil esperarlo todo de mi Corazón!
Yo daré a conocer que mi obra se funda sobre la nada y la miseria; éste es el primer eslabón de la cadena de amor que preparo a las almas desde toda la eternidad.
Haré que las almas conozcan hasta qué punto las ama y perdona mi Corazón. Penetro el fondo de las almas, sus deseos de darme gusto, de consolarme y de glorificarme: y el acto de humildad que sus faltas les obligan a hacer, viéndose tan débiles, es precisamente lo que consuela y glorifica mi Corazón. No importa que las almas sean débiles, Yo suplo lo que les falta.
Les daré a conocer cómo su misma debilidad puede servirme para dar vida a muchas almas que la han perdido.
Daré a conocer que la medida de mi amor y de mi misericordia para con las almas caídas, no tiene límites... Deseo perdonar...
Descanso perdonando... Siempre estoy esperándolas con amor...
¡Que no se desanimen!... ¡Que vengan!... ¡Que se echen sin temor en mi brazos!... ¡Soy su Padre!...
Muchas almas no comprenden cuánto pueden hacer para atraer a mi Corazón a las otras almas que están sumidas en un abismo de ignorancia y no saben cómo deseo que se acerquen a Mí para darles vida... La verdadera vida.
Yo te enseñaré mis secretos de amor y tú serás ejemplo vivo de mi misericordia, pues si por ti, que eres miseria y nada, tengo tanta predilección y te amo tanto, ¿que haré por otras almas mucho más generosas que tú?

Como no eres nada, ven..., entra en mi Corazón...; a la nada le es fácil entrar y perderse en este abismo de amor... Así iré consumiendo tu pequeñez y tu miseria... Yo obraré en ti... Hablaré por ti... Me haré conocer por ti...
Un llamamiento al Amor

6 de junio de 2015

SÁBADO MARIANO

EL CORAZÓN DE MARÍA ES UN CIELO
La primera representación que el Padre eterno nos ha dado del Corazón incomparable de la Hija bien amada de su Corazón es el cielo. Porque este Corazón purísimo es un verdadero cielo, del que los cielos que están sobre nuestras cabezas no son más que sombra y figura. Es un cielo que está levantado por encima de todos los otros cielos. Es este cielo del que el Espíritu Santo habla, cuando dice que el Salvador del mundo ha salido de un cielo que sobrepasa en excelencia a todos los otros cielos, para venir a realizar en la tierra la salvación del universo. Porque formado en el Corazón de esta Madre admirable antes de concebido en sus entrañas, como lo veremos en otro lugar, se puede decir que después de haber estado oculto algún tiempo en este mismo Corazón, como ha estado desde toda la eternidad en el de su Padre, ha salido de allí para manifestarse a los hombres. Pero, así como ha salido del cielo y del seno de su Padre, sin apartarse de él, así también el Corazón de su Madre es un cielo del cual ha salido de tal manera que ha permanecido siempre allí, y permanecerá eternamente.
San Juan Crisóstomo, haciendo el elogio del corazón de San Pablo, no teme decir que es un cielo. ¿Cuánto más se puede atribuir al Corazón todo celestial de la Reina de los Apóstoles?
El cielo es llamado por excelencia la obra de las manos de Dios; pero el Corazón de la divina María es una obra maestra sin igual de su omnipotencia, de su sabiduría incomprensible y de su bondad infinita.
1. INHABITACIÓN
Dios ha hecho el cielo para establecer allí especialmente la morada de su divina Majestad. Es verdad que llena el cielo y la tierra de su divinidad; pero mucho más el cielo que la tierra; porque es allí donde ha establecido la plenitud de su grandeza, de su poder y de su magnificencia divina. También se puede decir verdaderamente que el Corazón de la sacratísima Madre de Dios es el verdadero cielo de la Divinidad, de los divinos atributos, y de la Santísima Trinidad, en la cual la divina Esencia, con todas sus divinas perfecciones, y las tres Personas eternas han hecho siempre su morada de una manera admirable.
Oigo la voz de un Soberano Pontífice que pronuncia que la plenitud de la Divinidad ha hecho su morada en el cuerpo sagrado y en las benditas entrañas de esta Virgen Madre.. Oigo también a un santo Cardenal  que habla el mismo lenguaje: María es como un cielo que ha merecido ser el santuario de la plenitud de toda la Divinidad. Porque toda la plenitud de la Divinidad ha hecho su morada en el cuerpo adorable de Jesucristo, y por consiguiente en el cuerpo virginal de su divina Madre, mientras, en él moró por espacio de nueve meses. Ahora bien, si toda la plenitud de la Divinidad ha morado en el cuerpo santo de la Madre del Redentor durante nueve meses, ¿quién puede dudar que toda la plenitud de la Divinidad ha hecho, también su morada en su divino Corazón, durante este mismo tiempo; puesto que Ella no, residía en su cuerpo sino porque vivía y reinaba antes en su Corazón? ¿Pero quién puede dudar que toda la plenitud de la Divinidad no ha morado siempre en su Corazón admirable como en un cielo, no solamente durante estos nueve meses, sino siempre, tanto después como antes, puesto que Jesús, saliendo de las entrañas de María, ha morado siempre en su Corazón, como acabamos de decir, y morará eternamente?
¿No oís que dicen: Si alguno me ama, guardará m¡ palabra, m¡ Padre le amará y nosotros vendremos a él (es decir, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo) y haremos en él nuestra morada, es decir en su corazón y en su alma?
Ahora bien... ¿no confesaréis que nunca nadie ha amado tanto a Jesús como María, y -que nadie ha seguido tan fielmente sus divinas palabras? Reconoced, pues, que su Corazón es un cielo, en el cual la Santísima Trinidad ha tenido siempre su residencia, y de una manera más digna y más excelente que en todos los otros corazones que aman a Dios. Todo este gran universo es como la casa de Dios. Y como el primer templo que ha edificado él mismo para ser adorado, alabado y glorificado por todas las criaturas de diversas maneras: i Oh Israel, exclama un profeta qué grande es la casa -de Dios, y qué vasto y extenso es el lugar del que Dios ha tomado posesión para hacer su morada!. Ahora bien, la parte más santa de esta casa de Dios, y el lugar más sagrado de este templo, es el cielo, que es el santuario. Mirad desde vuestro santuario, y desde lo más alto de los cielos en que tenéis vuestra morada. De aquí viene que el cielo es llamado, en las divinas Escrituras, el lugar santo de Dios.
2. SANTIDAD
Pero no temo decir que el Corazón de la santísima Virgen es un cielo mucho más santo, y en el que Dios hace su morada más santamente que en este primer cielo. Porque sé por la divina palabra que los cielos no son puros delante de los ojos de Dios; pero me atrevo a decir con San Anselmo, "que el Corazón de la Reina de los ángeles es tan puro, que después de la divina pureza, no se puede concebir una más grande". Los cielos han sido manchados por el pecado del soberbio Lucifer, y de los ángeles réprobos, pero jamás ningún pecado, ni original ni actual, ha tenido entrada en el Corazón Inmaculado de la humildísima María.
Aunque Dios sea el soberano Monarca del cielo y de la tierra, no reina por tanto absolutamente y perfectamente más que en el cielo: Es aquí donde ha puesto el trono de su imperio, dice el Hijo de Dios. Por esto el cielo se llama, Según la divina palabra, «reino de Dios» "regnum Dei", reino de los cielos, "regnum caelorum"; porque Dios vive allí soberanamente.
Pero nadie puede dudar que él reina más magníficamente en el Corazón de la Reina del cielo.
Porque, además de que no ha reinado siempre perfectamente en el cielo -la rebelión de los ángeles apóstatas se lo impidió, y de que su imperio ha sido siempre absoluto y sin obstáculo en este Corazón virginal; es cosa mucho más gloriosa a su divina majestad reinar en el Corazón de la que es la soberana Emperatriz de todo el mundo, y que sobrepasa en dignidad, en santidad y potencia todo lo que hay de grande y de santo en el universo, que reinar en todos los corazones de los hombres y de los ángeles.
3. GLORIA
La santa Iglesia hace resonar todos los días por toda la tierra este divino cántico en alabanza de la Santísima Trinidad: "Sanctus, sanctus, sanctus Dominus Deus Sabaoth. Santo, santo, santo Señor Dios de los ejércitos. Los cielos y la tierra están llenos de la majestad de vuestra gloria". Esta gloria, sin embargo, no brilla ni aparece tanto en la tierra como en el cielo; porque es aquí donde Dios manifiesta claramente su gloria y su grandeza.
Pero yo proclamo que el Corazón de la Madre del amor es un cielo más lleno de majestad de la gloria de Dios que todos los cielos. Sí, es un cielo en el que Dios ha sido, es y será eternamente adorado, alabado y glorificado más santamente y más perfectamente que en todas las criaturas que están en la tierra y en el cielo, porque esta preciosísima Virgen le ha adorado siempre, alabado y glorificado según toda la extensión de gracia que habla en su alma y en su Corazón.
Ahora bien, la gracia que le ha sido dada desde el momento de su Concepción era más excelente, según muchos grandes Doctores, que toda otra gracia que ha sido siempre comunicada, sea al Ángel en el cielo, sea al hombre en la tierra.
Es verdad que su divina Majestad ha hecho cosas grandes y maravillosas en esta más alta y noble parte del mundo, que es el cielo, y en todos sus habitantes. ¿Pero quién podrá comprender los efectos admirables de luz, de gracia, de amor y de santidad que todos los divinos atributos y las Tres Personas eternas han obrado en el Corazón sagrado de la Madre de Dios? De esto hablaremos ampliamente en el libro quinto.
Oigo la divina Palabra que dice que el Espíritu de Dios ha adornado los cielos de ricos ornamentos; es decir, del sol, de la luna y de las estrellas. Pero ha adornado y enriquecido nuestro nuevo cielo, quiero decir el Corazón de nuestra Reina, de un sol infinitamente más brillante, que es el amor divino; de una luz incomparablemente más luminosa, que es la fe; y de un ejército de estrellas mucho más brillantes, que son todas las virtudes.
Pero esto, que dice San Bernardo de esta sagrada Virgen, lo podemos decir de su Corazón virginal, a saber, que es un cielo y un firmamento en el que Dios ha puesto el verdadero sol, la verdadera luna y las verdaderas estrellas; es decir, Jesucristo, que hace continuamente su morada; y la Iglesia, de quien es también su cabeza de muchos modos, y que está más santamente y ventajosamente que en el corazón de San Pablo, quien asegura a los fieles llevarlos en su corazón; y un número incontable de gracias y de prerrogativas.
El cielo es llamado en las divinas Escrituras "el riquísimo tesoro de Dios". Pero haremos ver en otra parte que el Corazón de la Reina del cielo es el tesoro de los tesoros de la divina Majestad, en el que ella ha encerrado riquezas inmensas.
Este Corazón admirable es un cielo empíreo, es decir, un cielo todo de fuego y de llamas; porque ha estado siempre incendiado de fuego y de llamas de un amor todo celestial y de un amor más ardiente y más santo que todo el amor de los serafines y de los más grandes santos que están en el cielo empíreo.
4. CIELO DE LOS CIELOS
Es el cielo de los cielos, que no está hecho más que para Dios solo. Porque es la preciosa herencia y la rica porción del Señor el cual siempre la ha poseído perfectísimamente. Sí, el santísimo Corazón de la Reina de los Ángeles es el cielo del cielo por tres grandes razones.
Primeramente, ¿no es verdad que su Hijo Jesús es el verdadero cielo de la Santísima Trinidad, puesto que el Espíritu Santo nos asegura que toda la plenitud de la divinidad hace su morada en él?
Ahora bien, ¿no hemos visto poco antes que este mismo Jesús ha hecho siempre y hará eternamente su morada en el bienaventurado Corazón de su dignísima Madre? De lo cual no hay que extrañarse, puesto que según la divina Palabra, está morando desde esta vida en los corazones de todos los que creen en él con una fe viva y perfecta. -Concluid, pues, que siendo un cielo este amabilísimo Salvador, y no teniendo morada más gloriosa, ni deliciosa después del seno adorable de su Padre eterno, que el Corazón y de su divina Madre, que es otro cielo, es un cielo que mora en otro cielo; y así el Corazón de la Madre de Jesús es el cielo del cielo.
En segundo lugar, es el cielo de los cielos, porque la preciosísima Virgen considerada en su persona es un verdadero cielo. Es la cualidad que el Espíritu Santo le da en estas palabras, según el sentir de un sabio y piadoso autor: Dominus de coelo in terram aspexit; es decir, según la explicación de este autor, el Señor que hace su morada en la bienaventurada Virgen, como en un cielo, ha dirigido sus ojos de misericordia a la tierra, es decir, a los pecadores. Esta Virgen maravillosa es un cielo, como dice el mismo autor, porque, todo lo que vive bajo el cielo, en el orden de la naturaleza recibe la del influjo de los cielos, así la santa Iglesia nos anuncia que la vida de la gracia nos es dada por la bienaventurada Virgen. Ahora bien, si esta incomparable Virgen es un cielo, y nuestro cielo en el mundo de la gracia, porque después de Dios ella es la fuente de nuestra vida sobrenatural, se puede decir bien que su Corazón es el cielo del cielo, en cuanto que es principio tanto de la vida corporal y espiritual que ha habido en la tierra, según hemos visto poco antes, como de la eterna que hay en el cielo, según veremos a continuación.
En tercer lugar, este Corazón maravilloso es el cielo de los cielos, porque según las palabras de San Bernardo alegadas arriba, contiene en si toda la Iglesia, que es llamada en la Escritura el Reino de los cielos, y que todos los hijos de la Iglesia, como acabamos de decir, reciben por su medio la vida de la gracia. Si; San Pablo asegura a los cristianos de su tiempo que están alojados en sus entrañas.
¿Quién es el que osará desmentir a San Bernardino de Siena, cuando asegura que la preciosísima Virgen lleva a todos sus hijos en su Corazón, como una buenísima Madre? ¿Y quién es el que me contradirá si digo, después de esto, que llevará eternamente a todos los habitantes del cielo en este mismo Corazón, que es por consiguiente el cielo de los cielos, y un verdadero paraíso para todos los Bienaventurados, todo lleno de alegría y de delicias, para ellos, a causa del amor inconcebible de que este Corazón maternal está encendido para cada uno de ellos? Por causa de lo cual cantarán por siempre. Oh santa Madre de Dios, vuestra caridad sin límites ha dilatado de tal manera vuestro Corazón maternal, que es como una gran ciudad, o más bien como un cielo inmenso que está lleno de consolaciones inefables y de alegrías inenarrables para vuestros hijos bien amados, de quienes será la bienaventurada morada por toda la eternidad.
Así es como el Corazón amabilísimo de nuestra divina Madre es un cielo, y un cielo empíreo, y el cielo de los cielos. ¡Oh cielo más elevado, extenso y más vasto que todos los cielos! ¡Oh cielo, que lleva en sí al que los cielos no son capaces de contener! ¡Oh cielo más lleno de alabanza, de gloria y de amor por Dios, que este cielo admirable que es la mansión de la beatitud eterna! iOh cielo en que el Rey de los cielos reina más perfectamente que en todos los otros cielos! ¡Oh cielo en el que la Santísima Trinidad hace su morada más dignamente y obra cosas más grandes que en el cielo empíreo!
San Juan Eudes

5 de junio de 2015

EL QUE VENÍA A DAR AMOR FUE VÍCTIMA DEL ODIO

Dios creó al hombre por amor, y le colocó en tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en la tierra, hasta que llegase a alcanzar la felicidad eterna en la otra vida; para esto había de someterse a la divina voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.
Mas el hombre, infiel a la ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirle a la muerte.
El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante, el hombre padecerá, sufrirá, morirá.
Dios no necesita para ser feliz, ni del hombre, ni de sus servicios; se basta a sí mismo; su gloria es infinita; nada ni nadie puede menoscabarla. Pero infinitamente poderoso es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor?
Esto no es propio de un Dios; antes al contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito. Una de las tres personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.
El Padre entrega a su Hijo; Este sacrifica su gloria y la compañía de su Peche, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en la condición de siervo, de pobre, de niño.
La vida que llevó sobre la tierra todos la conocéis.
Bien sabéis que desde el primer instante de mi Encarnación me sometí a todas las miserias de la naturaleza humana.
Pasé por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sentí el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.
El amor me hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fui humillado, despreciado, tratado con desdén como hijo de un carpintero. ¡Cuántos días, después de soportar mi Padre adoptivo y Yo una jornada de rudo trabajo apenas teníamos por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasé treinta años!
Más tarde, renunciando a los cuidados de mi Madre, me dediqué a dar a conocer a mi Padre Celestial. A todos enseñé que Dios es caridad.
Pasaba haciendo bien a los cuerpos y a las almas.
A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida, a las almas... ¡Oh, a las almas...! Les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que para rescatarlas el Hijo de Dios iba a dar por ellas su sangre y su vida.
Y, ¿cómo iba a morir?... ¿Rodeado de sus discípulos?... ¿Aclamado como bienhechor?... No, almas queridas; ya sabéis que el Hijo de Dios no quiso morir así. El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres fue preso, maltratado, calumniado. El que venía a traerles la paz, es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en la cruz entre ladrones. ¡Miradle pobre, despreciado, despojado de todo!
¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!
Así cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.
Un llamamiento al Amor

PAPA FRANCISCO: EL ESTUPOR DE LA IGLESIA NO CESA JAMÁS

Homilía del Santo Padre en la Solemnidad del Corpus Christi 2015
En la Última Cena, Jesús dona su Cuerpo y su Sangre mediante el  pan y el vino, para dejarnos el memorial de su sacrificio de amor infinito. Con este “viático” lleno de gracia, los discípulos tienen todo lo necesario para su camino a lo largo de la historia, para hacer extensivo a todos el Reino de Dios. Luz y fuerza será para ellos el don que Jesús ha hecho de sí mismo, inmolándose voluntariamente sobre la cruz. Y este Pan de vida ¡ha llegado hasta nosotros!  Ante esta realidad el estupor de la Iglesia no cesa jamás. Una maravilla que alimenta siempre la contemplación, la adoración, la memoria. Nos lo demuestra un texto muy bello de la Liturgia de hoy, el Responsorio de la segunda lectura del Oficio de las Lecturas, que dice así: «Reconozcan en este pan, a aquél que fue crucificado; en el cáliz, la sangre brotada de su costado. Tomen y coman el cuerpo de Cristo, beban su sangre: porque ahora son miembros de Cristo. Para no disgregarse, coman este vínculo de comunión; para no despreciarse, beban el precio de su rescate».
Nos preguntamos: ¿qué significa, hoy, disgregarse y disolverse?
Nosotros nos disgregamos cuando no somos dóciles a la Palabra del Señor, cuando no vivimos la fraternidad entre nosotros, cuando competimos por ocupar los primeros lugares, cuando no encontramos el valor para testimoniar la caridad, cuando no somos capaces de ofrecer esperanza. La Eucaristía nos permite el no disgregarnos, porque es vínculo de comunión, y cumplimiento de la Alianza, señal viva del amor de Cristo que se ha humillado y anonadado para que permanezcamos unidos. Participando a la Eucaristía y nutriéndonos de ella, estamos incluidos en un camino que no admite divisiones. El Cristo presente en medio de nosotros, en la señal del pan y del vino, exige que la fuerza del amor supere toda laceración, y al mismo tiempo que se convierta en comunión con el pobre, apoyo para el débil, atención fraterna con los que se fatigan en el llevar el peso de la vida cotidiana.
Y ¿qué significa hoy para nosotros “disolverse”, o sea diluir nuestra dignidad cristiana? Significa dejarse corroer por las idolatrías de nuestro tiempo: el aparecer, el consumir, el yo al centro de todo; pero también el ser competitivos, la arrogancia como actitud vencedora, el no tener jamás que admitir el haberse equivocado o el tener necesidades. Todo esto nos disuelve, nos vuelve cristianos mediocres, tibios, insípidos.
Jesús ha derramado su Sangre como precio y como baño sagrado que nos lava, para que fuéramos purificados de todos los pecados: para no disolvernos, mirándolo, saciándonos de su fuente, para ser preservados del riesgo de la corrupción. Y entonces experimentaremos la gracia de una transformación: nosotros siempre seguiremos siendo pobres pecadores, pero la Sangre de Cristo nos librará de nuestros pecados y nos restituirá nuestra dignidad. Sin mérito nuestro, con sincera humildad, podremos llevar a los hermanos el amor de nuestro Señor y Salvador. Seremos sus ojos que van en busca de Zaqueo y de la Magdalena; seremos su mano que socorre a los enfermos del cuerpo y del espíritu; seremos su corazón que ama a los necesitados de reconciliación y de comprensión.
De esta manera la Eucaristía actualiza la Alianza que nos santifica, nos purifica y nos une en comunión admirable con Dios.
Hoy, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos la alegría no solamente de celebrar este misterio, sino también de alabarlo y cantarlo por las calles de nuestra ciudad.  Que la procesión que realizaremos al final de la Misa, pueda expresar nuestro reconocimiento por todo el camino que Dios nos ha hecho recorrer a través del desierto de nuestras miserias, para hacernos salir de la condición servil, nutriéndonos de su Amor mediante el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre.
Dentro de poco, mientras caminaremos a largo de la calles, sintámonos en comunión con tantos de nuestros hermanos y hermanas que no tienen la libertad para expresar su fe en el Señor Jesús. Sintámonos unidos a ellos: cantemos con ellos, alabemos con ellos, adoremos con ellos. Y veneremos en  nuestro corazón a aquellos hermanos y hermanas a los que ha sido requerido el sacrificio de la vida por fidelidad a Cristo: que su sangre, unida a aquella del Señor, sea prenda de paz y de reconciliación para el mundo entero.
Fuente: news.va

4 de junio de 2015

EN ESTE PAN DE VIDA YO LA VEO

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
aunque es de noche.

1. Aquella eterna fonte está ascondida
que bien sé yo do tiene su manida,
aunque es de noche.

2. En esta noche oscura de esta vida,
que bien sé yo por fe la fonte frida
aunque es de noche.

3. Su origen no lo sé, pues no le tiene,
mas sé que todo origen della viene,
aunque es de noche.

4. Sé que no puede ser cosa tan bella
y que cielos y tierra beben della,
aunque es de noche.

5. Bien sé que suelo en ella no se halla
y que ninguno puede vadealla,
aunque es de noche.

6. Su claridad nunca es escurecida,
y sé que toda luz de ella es venida,
aunque es de noche.

7. Sé ser tan caudalosos sus corrientes,
que infiernos, cielos riegan, y las gentes,
aunque es de noche.

8. El corriente que nace desta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente,
aunque es de noche.

9. El corriente que de estas dos procede,
sé que ninguna de ellas le precede,
aunque es de noche.

10. Bien sé que tres en sola una agua viva
residen, y una de otra se deriva,
aunque es de noche.

11. Aquesta eterna fonte está escondida
en este vivo pan por darnos vida,
aunque es de noche.

12. Aquí se está llamando a las criaturas,
y de esta agua se hartan, aunque a escuras,
porque es de noche.

13. Aquesta viva fuente que deseo,
en este pan de vida yo la veo,
aunque es de noche.
San Juan de la Cruz

2 de junio de 2015

UN SACERDOTE BUENO Y UN OBISPO SABIO

1. La beatificación de Monseñor Romero, obispo y mártir, es una fiesta de gozo y de fraternidad. Es un don del Espíritu Santo para la Iglesia y para la noble nación salvadoreña.
Hablando de su oficio de obispo, San Agustín decía: «El Evangelio me asusta. Nadie más que yo querría una existencia segura y tranquila. Nada más dulce que escrutar el tesoro divino. En cambio, predicar, amonestar, corregir, edificar, entregarse a todos es un gran peso, una grave responsabilidad, una dura tarea».
Son palabras de un obispo santo, doctor de la Iglesia. En efecto, para Agustín, hecho obispo, la razón de su vida se vuelve la pasión por sus fieles y sus sacerdotes. Y él pide al Señor que le dé la fuerza de amarle hasta el heroísmo, «o con el martirio o con el afecto».
Estas palabras y estos sentimientos habría podido expresar con la misma intensidad y sinceridad el arzobispo Romero, el cual amó a sus fieles y a sus sacerdotes con el afecto y con el martirio, dando la vida como ofrenda de reconciliación y de paz. Es cuanto afirma en la Carta Apostólica de beatificación el Papa Francisco: «Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del Reino de Dios, Reino de justicia, de fraternidad y de paz».
2. Las lecturas bíblicas de hoy dan el significado del martirio de Romero. La palabra de Dios nos recuerda, de hecho, que después de la trágica muerte las almas de los justos están en las manos de Dios y ningún tormento les tocará. Ahora ellos están en la paz y en el día del juicio resplandecerán como luces en la estepa, gobernarán naciones y tendrán poder sobre los pueblos (Sab 3, 1-9 passim).
El mártir Romero es por tanto luz de las naciones y sal de la tierra. Si sus perseguidores han desaparecido en la sombra del olvido y de la muerte, la memoria de Romero en cambio continúa estando viva y dando consuelo a todos los pobres y los marginados de la tierra.
El Señor ha hecho grandes cosas por los justos, que con razón pueden repetir con el apóstol Pablo, uno de los primeros mártires de la Iglesia: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? Quizá la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada» (Rm 8, 35).
Nada, ni la muerte, ni la vida, ni ángeles ni principados, ni presente ni futuro, ni ninguna otra criatura separó a Romero de Cristo y de su Evangelio de amor, de justicia, de fraternidad, de misericordia, de perdón.
Son conmovedoras las palabras que Jesús pronunció antes de su pasión, cuando encomendó al Padre a sus discípulos: «Padre santo, guárdales en tu nombre [...]. Cuando estaba con ellos, yo les guardaba en tu nombre [...] y los he conservado, y ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición [...]. Yo les he dado tu palabra y el mundo les ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que les saques del mundo, sino que les guardes del Maligno» (Jn 17, 11-15).
Es la oración cotidiana que Romero hacía durante los últimos años atormentados de su vida, hasta el fatídico 24 (veinticuatro) de marzo de 1980 (mil novecientos ochenta), cuando una bala traidora lo hirió de muerte durante la celebración eucarística. Su sangre se mezcló con la sangre redentora de Cristo.
3. ¿Quién era Romero? ¿Cómo se preparó al martirio? Digamos ante todo que Romero era un sacerdote bueno y un obispo sabio. Pero sobre todo era un hombre virtuoso. Amaba a Jesús, lo adoraba en la Eucaristía, amaba a la Iglesia, veneraba a la Santísima Virgen María, amaba a su pueblo.
El martirio no fue una improvisación, sino que tuvo una larga preparación. Romero, de hecho, era, como Abrahán, un hombre de fe profunda y de esperanza inquebrantable.
Joven seminarista en Roma, poco antes de la ordenación sacerdotal, escribía en sus apuntes: «Este año haré mi gran entrega a Dios! Dios mío, ayúdame, prepárame. Tú eres todo, yo soy nada y, sin embargo, tu amor quiere que yo sea mucho. Coraggio! ( en italiano). Con tu todo y con mi nada haremos mucho».
Un cambio en su vida de pastor manso y casi tímido fue el asesinato del Padre Rutilio Grande, sacerdote jesuita salvadoreño, que había dejado la enseñanza universitaria para ser párroco de los campesinos, oprimidos y marginados. Fue éste el evento que tocó el corazón del arzobispo Romero, quien lloró a su sacerdote como podía hacerlo una madre con su propio hijo. Se dirigió rápidamente a Aguilares para la misa de sufragio, pasando la noche llorando, velando y rezando por las tres víctimas inocentes, por el Padre Rutilio y los dos campesinos que lo acompañaban.
Los campesinos estaban ahora huérfanos de su padre bueno. Romero quiso tomar su puesto. En su homilía el arzobispo dijo: «La liberación que el Padre Grande predicaba se inspira en la fe, una fe que nos habla de la vida eterna, una fe que ahora él con su rostro dirigido al cielo, acompañado por los dos campesinos, muestra en su totalidad, en su perfección; la liberación que termina en la felicidad en Dios, la liberación que surge del arrepentimiento del pecado, la liberación que se funda en Cristo, la única fuerza salvadora».
Desde aquel día su lenguaje se volvió más explícito en el defender al pueblo oprimido y a los sacerdotes perseguidos, sin preocuparle las amenazas que cotidianamente recibía. Monseñor Romero habló de un don del Espíritu Santo, que le concedió una especial fortaleza pastoral, casi en contraste con su temperamento prudente y comedido: «Consideré un deber – dijo él- colocarme decididamente en defensa de mi Iglesia y al lado de mi pueblo tan oprimido y despreciado».
Sor Luz Isabel, religiosa carmelita, presente en la misa durante la cual Romero fue asesinado, testifica que a quien le invitaba a estar atento a las palabras, el arzobispo respondía: «Dios me guía y Él me inspira lo que digo. Me sorprendo a veces que en mis homilías dominicales muchas cosas que no deseo decir las digo, movido por el impulso de Dios».
4. Y sus palabras no eran una provocación al odio y a la venganza, sino una valiente exhortación de un padre a sus hijos divididos, que eran invitados al amor, al perdón y a la concordia. Contemplando la belleza de la naturaleza y del esplendor del paisaje salvadoreño, el arzobispo solía decir que el cielo debe iniciar aquí en la tierra. Miraba a su querida patria tan atormentada con la esperanza en el corazón. Soñaba que un día sobre las ruinas del mal habría brillado la gloria de Dios y su amor.
Su opción por los pobres no era ideológica sino evangélica. Su caridad se extendía también a los perseguidores a los que predicaba la conversión al bien y a los que aseguraba el perdón, no obstante todo.
Estaba acostumbrado a ser misericordioso. La generosidad en el dar a quien pedía era – según los testigos- magnánima, total, abundante. A quien pedía, daba. Alguna vez decía que si le devolvieran el dinero que había distribuido, se hubiera vuelto millonario.
La caridad pastoral le infundía una fortaleza extraordinaria. Un día a un sacerdote le contó que estaba continuamente amenazado de muerte y que en los diarios nacionales había críticas cotidianas contra él. Pero con una sonrisa continuó: «Esto no me desanima, al contrario me siento más valiente porque son éstos los riesgos del pastor, tengo que ir adelante, no guardo rencor a nadie».
5. Romero es otra estrella luminosísima que se enciende en el firmamento espiritual americano. Él pertenece a la santidad de la Iglesia americana. Gracias a Dios son muchos los santos de este maravilloso continente. El Papa Francisco, recientemente, recordaba a algunos. Además de Fray Junípero Serra, que será canonizado el 23 (veintitrés) de septiembre próximo en Washington D. C., el Santo Padre elencaba tantos otros santos y santas que se han distinguido con distintos carismas:
« - Contemplativas como Rosa de Lima, Mariana de Quito y Teresita de los Andes;
- Pastores que emanaban el perfume de Cristo y el olor a oveja, como Toribio de Mogrovejo, François de Laval, Rafael Guízar Valencia;
- Humildes trabajadores en la Viña del Señor, como Juan Diego y Kateri Tekakwhita;
- Servidores de los necesitados y de los marginados, como Pedro Claver, Martín de Porres, Damián de Molokai, Alberto Hurtado y Rose Philippine Duchesne;
- Fundadoras de comunidades consagradas al servicio de Dios y de los más pobres, como Francesca Cabrini, Elisabeth Ann Seaton e Catalina Drexel;
- Misioneros incansables, como Fray Francisco Solano, José de Anchieta, Alonso de Barzana, María Antonia de Paz y Figueroa, José Gabriel del Rosario Brochero;
- Mártires como Roque González, Miguel Pro y Oscar Arnulfo Romero;
y tantos otros santos y mártires, que no elenco ahora, pero que interceden delante del Señor por sus hermanos y hermanas que son todavía peregrinos en aquellas tierras. Ha habido santidad en América! Tanta santidad sembrada».
El Beato Oscar Romero pertenece a este impetuoso viento de santidad que sopla sobre el continente americano, tierra de amor y fidelidad a la buena noticia del Evangelio.
6. La beatificación de Monseñor Romero sea entonces una fiesta de gozo, de paz, de fraternidad, de acogida, de perdón. Todos tenemos necesidad de estos dones del Espíritu Santo, que hacen de nuestra existencia terrena una verdadera anticipación del gozo del paraíso. Coraggio, decía en italiano Monseñor Romero.
¡Ánimo! Su martirio sea una bendición para El Salvador, para las familias, para los jóvenes, para los pequeños, para los pobres, pero también para los ricos, en fin para todos los que buscan serenidad, gozo y felicidad.
Romero no es símbolo de división, sino de paz, de concordia, de fraternidad. Llevemos su mensaje en nuestros corazones y en nuestras casas y demos gracias al Señor por este Siervo suyo fiel, que ha dado a la Iglesia su santidad y a la humanidad su bondad y su mansedumbre.
En 1983 (mil novecientos ochenta y tres) San Juan Pablo II (segundo) ante la tumba de Romero gritó: Romero es nuestro. Es verdad, Romero pertenece a la Iglesia, pero enriquece también a la humanidad, por él soñada con un corazón bueno, con pensamientos de respeto y de concordia, con acciones de acogida y de ayuda recíproca.
Romero es nuestro, pero es también de todos, porque para todos él es el profeta del amor de Dios y del prójimo y el custodio de la recta conciencia de la persona humana
Beato Oscar Romero, ruega por nosotros.
Cardenal Angelo Amato