18 de mayo de 2013

VICARIO DE CRISTO: "TODOS SOMOS PECADORES"


Homilía de Su Santidad en la mañana del viernes  17 de mayo:
Al centro de la homilía, estuvo el Evangelio en el que Jesús resucitado por tres veces pregunta a Pedro si lo ama. “Es un dialogo de amor, entre el Señor y su discípulo”, explicó el Santo Padre que recorrió la historia de los encuentros de Pedro con Jesús: desde aquel primer “Sígueme” hasta darle el nombre nuevo “Te llamarás Cefas, Piedra”, o sea su misión - subrayó- aunque si “Pedro no había entendido nada … la misión existía”. Luego, cuando Pedro lo reconoce como el Cristo e inmediatamente después dice no al camino de la cruz, con Jesús que responde: “Aléjate, Satanás!” y “él acepta esta humillación”. Pedro – afirmó el Papa – a menudo “ se creía un valiente”, en el Getsemaní es “fogoso” y “toma la espada” para defender a Jesús, pero lo reniega tres veces. Y cuando Jesús lo fija con aquella mirada “tan bella” - notó Francisco - Pedro llora. “ En estos encuentros Jesús va madurando el alma de Pedro, el corazón de Pedro”, lo hace madurar en el amor. Así cuando Pedro escucha que Jesús le pregunta por tres veces : “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?”, se avergüenza, porque se acuerda cuando por tres veces había dicho que no lo conoce:
“Pedro se quedó dolorido que por tercera vez le preguntase ‘¿Me amas?'. Este dolor, esta vergüenza … Un gran hombre, este Pedro… pecador, pecador. Pero el Señor hace sentir, a él y también a nosotros, que todos somos pecadores. El problema no es ser pecadores: el problema es no arrepentirse del pecado, no tener vergüenza de aquello que hemos hecho. Ese es el problema. Y Pedro tiene esta vergüenza, esta humildad, ¿no? El pecado, el pecado de Pedro, es un hecho que con el gran corazón que tenía Pedro, lo lleva a un encuentro nuevo con Jesús, a la alegría del perdón”. 
El Señor no abandona su promesa, cuando le había dicho “Tu eres piedra”, y ahora le dice: “Apacienta mi rebaño”: 
“Pero Pedro era pecador, pero no corrupto, ¿eh? Pecadores, sí, todos: corruptos, no. Una vez supe de un sacerdote, un buen párroco que trabajaba bien; fue nombrado obispo, y él se avergonzaba porque no se sentía digno, tenía un tormento espiritual. Y fue a confesarse. El confesor lo escuchó y le dijo: ‘Pero no te asustes. Si después de lo que hizo Pedro, lo han hecho Papa, ¡tú sigue adelante!’. Es que el Señor es así. El Señor es así. El Señor nos hace madurar con tantos encuentros con Él, también con nuestras debilidades, cuando las reconocemos, con nuestros pecados …”.
Pedro “se dejó moldear” por los “tantos encuentros con Jesús” y esto - afirmó el Papa – “ nos sirve a todos nosotros, porque estamos en el mismo camino”. “Pedro es un valiente” – recalcó el Pontífice – no “porque sea un valiente” sino porque “es noble, tiene un corazón noble, y esta nobleza lo lleva al llanto, lo lleva a ese dolor, a esa vergüenza y también a asumir su labor de apacentar el rebaño”:
“Pidamos hoy al Señor que este ejemplo de la vida de un hombre que se encuentra continuamente con el Señor y el Señor lo purifica, lo hace más maduro con estos encuentros, que nos ayude a ir adelante, buscando al Señor y encontrándolo, realizando un encuentro con Él. Pero más que esto es importante dejarnos encontrar por el Señor: Él siempre nos busca, Él siempre está cerca de nosotros. Pero tantas veces, miramos hacia otro lado porque no tenemos ganas de hablar con el Señor o de dejarnos encontrar con el Señor. Encontrar al Señor, pero es más importante dejarse encontrar por el Señor: esta es una gracia. He aquí la gracia que nos enseña Pedro. Pidamos hoy esta gracia. Así sea”. 
Fuente: Radio Vaticana

MARÍA, IDEAL DE SANTIDAD

Lirio
Mes de mayo
Día 18

San Francisco de Sales nos enseña que "la devoción no es más que una agilidad y una viveza espiritual, por cuyo medio la caridad hace sus obras en nosotros, o nosotros por ella, pronta y afectuosamente, y, así como corresponde a la caridad el hacernos cumplir general y universalmente todos los mandamientos de Dios, corresponde también a la devoción hacer que los cumplamos con ánimo pronto y resuelto. Por esta causa, el que no guarda todos los mandamientos de Dios, no puede ser tenido por bueno ni devoto, porque, para ser bueno es menester tener caridad y, para ser devoto, además de la caridad se requiere una gran diligencia y presteza en los actos de esta virtud".
Enseña, además, este Santo Doctor de la Iglesia que la devoción "nos incita a hacer con prontitud y afecto, el mayor número de obras buenas que podemos, aun aquellas que no están en manera alguna mandadas, sino tan sólo aconsejadas o inspiradas".
¿No es verdad que tenemos un falso concepto acerca de lo que es verdaderamente la devoción y en qué consiste? 
¿No confundimos la devoción con una serie de ideas que tan sólo son una caricatura deformada de la misma?
Son muchos los que confunden la devoción con las devociones privadas. Y son muchos los que desconocen que no se puede ser buen cristiano si no se es un cristiano piadoso. Donde no hay piedad jamás podrá haber santidad, pues la devoción es la perfección de la caridad.
Fijémonos lo que dice el mismo San Francisco de Sales: "Si la caridad es la leche, la devoción es la nata; si es una planta, la devoción es la flor; si es una piedra preciosa, la devoción es el brillo; si es un bálsamo precioso, la devoción es el aroma, el aroma de suavidad que conforta a los hombres y regocija a los ángeles".
Podemos observar como en la base de la devoción está el amor de Dios que llamamos caridad, y como el cristiano devoto se conoce realmente por su estilo de vida:
"El azúcar endulza los frutos verdes y hace que no sean desagradables ni dañosos los excesivamente maduros. Ahora bien, la devoción es el verdadero azúcar espiritual, que quita la aspereza a las mortificaciones y el peligro de dañar a las consolaciones; quita la tristeza a los pobres y el afán a los ricos, la desolación al oprimido y la insolencia al afortunado, la melancolía a los solitarios y la disipación a los que viven acompañados; sirve de fuego en invierno y de rocío en verano; sabe vivir en la abundancia y sufrir en la pobreza; hace igualmente útiles el honor y el desprecio, acepta el placer y el dolor con igualdad de ánimo, y nos llena de una suavidad maravillosa".
Esta diligencia para hacer el bien y practicar la virtud la vemos encarnada en la Santísima Virgen cuando se pone en camino para ayudar a su prima Santa Isabel. A pesar de su estado Ella acude con presteza a las montañas de Judea ofreciéndose como servidora a quien la necesita.
Vemos el brillo de la devoción verdadera también en la vida de San José, siempre disponible y dispuesto para responder amorosamente a todos los desafíos que en la vida de la Sagrada Familia se van presentando.
María y José obran en todas las cosas con prontitud y con amor, tanto en las cosas más sencillas y cotidianas, como en aquellas que requieren el ejercicio de las virtudes heroicas. 
Ellos no se conforman con mínimos, no se quedan en el límite justo entre el bien y el mal, por el contrario se adentran con ánimo y con gran resolución por los caminos de la entrega total y del amor sin condiciones ni reservas de ningún tipo. ¡Eso es la devoción! 
San Francisco de Sales la llama la reina de las virtudes, precisamente por ser la perfección de la caridad.
Para alcanzar esta perfección en el amor se necesita vivir muy atentos a las mociones que el Espíritu Santo nos va sugiriendo de continuo en el centro de nuestra propia alma. Y ser dóciles a sus mociones.
El Santo Espíritu soplará con fuerza y nos guiará por las sendas del amor. Él es el único capaz de infundirnos esa diligencia y esa prontitud para que todo lo hagamos por amor a Dios y buscando glorificarle en todas las cosas, comenzando por aquellas más sencillas y cotidianas como son el cumplimiento de nuestras obligaciones de estado: obligaciones familiares, laborales, sociales, etc. Pero para que el soplo del Santo Espíritu pueda movernos requiere que nosotros tengamos desplegadas las velas de nuestro corazón. Es entonces como avanzaremos y nos adentraremos en el océano inmenso y maravilloso de la santidad.
Pidamos la gracia de ser verdaderamente devotos a Nuestra Madre María y al Glorioso San José.
Fruto: la devoción
P. Manuel María de Jesúsla devoción es el brillo; si es un bálsamo

MES DE MAYO, MES DE MARÍA, EN EL AÑO DE LA FE (18). La fe de María la convierte en Madre fecunda.



INVOCACIONES INICIALES
Te saludamos, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Tú eres templo y sagrario de la Santísima Trinidad. ¡Bendita tú que has creído!  Avemaría.
Te saludamos, María, Virgen antes, durante y después del parto, siempre santa e inmaculada, Madre de Jesús, el Hijo de Dios, y Madre de todos los hombres. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría.
Te saludamos, María, Reina de cielos y tierra, Reina y Madre nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría. 

BREVE REFLEXIÓN.
La fe de María la convierte en Madre fecunda.
En María comienzan a manifestarse las "maravillas de Dios", que el Espíritu va a realizar en Cristo y en la Iglesia:

El Espíritu Santo preparó a María con su gracia. Convenía que fuese "llena de gracia" la Madre de Aquel en quien "reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col 2, 9). Ella fue concebida sin pecado, por pura gracia, como la más humilde de todas las criaturas, la más capaz de acoger el don inefable del Omnipotente. Con justa razón, el ángel Gabriel la saluda como la "Hija de Sión": "Alégrate" (cf. So 3, 14; Za 2, 14). Cuando ella lleva en sí al Hijo eterno, hace subir hasta el cielo con su cántico al Padre, en el Espíritu Santo, la acción de gracias de todo el pueblo de Dios y, por tanto, de la Iglesia  (cf. Lc 1, 46-55).
En María el Espíritu Santo realiza el designio benevolente del Padre. La Virgen concibe y da a luz al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo. Su virginidad se convierte en fecundidad única por medio del poder del Espíritu y de la fe (cf. Lc 1, 26-38; Rm 4, 18-21; Ga 4, 26-28).
Catecismo de la Iglesia Católica, 722-723

ORACIÓN FINAL
De la imitación de María, Tomas de Kempis
Ave María, llena de gracia, el Señor es contigo, Virgen serena. Ave, particular esperanza de los necesitados. Ave, Madre benigna de los huérfanos. Oh María, cuando están cerradas todas las puertas del cielo y se me niega el acercarme a Dios a causa de mis pecados; cuando el buen ánimo y la fuerza de la mente me abandonan, y en nada puedo ya encontrar ayuda; cuando el tedio de la vida presente y la ansiedad del corazón me fuerzan de tal modo que ya nada me agrada en este mundo; cuando desaparece el estímulo del consuelo celestial y  me oprime la agobiante desolación; cuando surgen los vientos de las tentaciones y se levantan los movimientos de las pasiones; cuando sobrevienen una imprevista enfermedad u otras adversidades; cuando todos estos hechos se vuelcan sobre mí, ¿adónde huiré y a quién me dirigiré fuera de ti, benignísima Consoladora de los pobres? ¿A quién pediré ayuda para llegar al puerto de la salvación, sino a la fulgidísima Estrella del mar, siempre esplendorosa, que no oculta ja-más la gracia de su luz?

17 de mayo de 2013

VIRGEN LEAL

Girasol
Mes de mayo
Día 17

Igual que el girasol va siguiendo permanentemente la dirección de la estrella solar abriéndose a Él, así María con su corazón siempre abierto a la luz de Dios, a su amor, a su gracia.
María, como el girasol, cierra su corazón a la oscuridad del mal, a las tinieblas del Maligno, a las sombras del pecado.
Ella es la Virgen fiel, la Virgen leal que vive en todo momento dirigida hacia Cristo su Hijo, Sol de justicia.
Su mirada está en todo momento puesta en Dios y por eso nadie como Ella tan pendiente de  las necesidades de los hombres, tan presurosa para acudir en ayuda de quien la necesita, tan dispuesta para socorrer las necesidades del prójimo. Y es que vivir con la mirada puesta en Dios no nos aleja de nuestros hermanos, por el contrario nos hace tener un corazón más abierto para acogerlos, y un corazón cerrado a toda forma de egoísmo personal.
María vive con su corazón puesto en Cristo. Le sigue con su mirada contemplativa para alimentarse de su Verdad y le sigue, sobretodo, con su corazón para alimentarse de su amor.
La lealtad tiene que ver con la fidelidad, con la  amistad y también con el honor.
¡Valores de los que estamos tan necesitados!
¡Valores que tanto escasean!
Pisoteamos la fidelidad a Dios y al prójimo con la bota de la falsa libertad.
Escupimos a la amistad con la traición envuelta en papel de falsas excusas.
El honor es palabra que  no aparece en muchos diccionarios personales.
María es fiel a su Dios, coherente con su fe.
María es consecuente con sus ideales.
María se compromete con Dios y con el prójimo con todas las consecuencias, sin cambiar de rumbo cuando cambian los vientos, sin dar la espalda cuando cambia la fortuna o cuando el horizonte se oscurece.
María es la criatura que siempre mira de frente, que no da la espalda, que no vende al prójimo ni por unas monedas ni a cambio de un halago.
María pronunció un SÍ y lo mantuvo desde Nazaret, pasando por el Calvario y hasta el fin.
Los caminos de María fueron siempre caminos rectos porque en su corazón fiel y leal no hay repliegues, ni sombras, ni dobles intenciones.
Virgen leal, haznos leales como Tú. Leales a Dios, a nuestros hermanos y amigos, a nuestros principios y a nosotros mismos.
Enséñanos a vivir mirando siempre a Cristo con corazón abierto y a cerrarnos a toda oscuridad que viene del Maligno.
Fruto: la lealtad
P. Manuel María de Jesús


MES DE MAYO, MES DE MARÍA, EN EL AÑO DE LA FE (17). María, por su fe, es trono de la sabiduría



INVOCACIONES INICIALES
Te saludamos, María, Hija de Dios Padre, Madre de Dios Hijo, Esposa de Dios Espíritu Santo. Tú eres templo y sagrario de la Santísima Trinidad. ¡Bendita tú que has creído!  Avemaría.
Te saludamos, María, Virgen antes, durante y después del parto, siempre santa e inmaculada, Madre de Jesús, el Hijo de Dios, y Madre de todos los hombres. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría.
Te saludamos, María, Reina de cielos y tierra, Reina y Madre nuestra, Corredentora y Mediadora de todas las gracias. ¡Bendita tú que has creído! Avemaría. 

BREVE REFLEXIÓN
María, por su fe, es trono de la sabiduría
Los textos proféticos que se refieren directamente al envío del Espíritu Santo son oráculos en los que Dios habla al corazón de su Pueblo en el lenguaje de la Promesa, con los acentos del "amor y de la fidelidad". Según estas promesas, en los "últimos tiempos", el Espíritu del Señor renovará el corazón de los hombres grabando en ellos una Ley nueva; reunirá y reconciliará a los pueblos dispersos y divididos; transformará la primera creación y Dios habitará en ella con los hombres en la paz.
El Pueblo de los "pobres", los humildes y los mansos, totalmente entregados a los designios misteriosos de Dios, los que esperan la justicia, no de los hombres sino del Mesías, todo esto es, finalmente, la gran obra de la Misión escondida del Espíritu Santo durante el tiempo de las Promesas para preparar la venida de Cristo. Esta es la calidad de corazón del Pueblo, purificado e iluminado por el Espíritu, que se expresa en los Salmos. En estos pobres, el Espíritu prepara para el Señor "un pueblo bien dispuesto".
María, la Santísima Madre de Dios, la siempre Virgen, es la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos. Por primera vez en el designio de Salvación y porque su Espíritu la ha preparado, el Padre encuentra la Morada en donde su Hijo y su Espíritu pueden habitar entre los hombres. Por ello, los más bellos textos sobre la Sabiduría, la Tradición de la Iglesia los ha entendido frecuentemente con relación a María (cf. Pr 8, 1-9, 6; Si 24): María es cantada y representada en la Liturgia como el "Trono de la Sabiduría".
Catecismo de la Iglesia Católica, 715-716. 721

ORACIÓN FINAL
De la imitación de María, Tomas de Kempis
Oh María, que penetre, que penetre esta voz amiga en los oídos de mi corazón; y que a  través de las suaves palabras de tu boca se me transmita al mismo tiempo algún  consuelo sobrenatural del Espíritu Santo. Asuma mi  corazón nueva confianza; aléjese el temor; no me turbe después la ambigüedad; no me atormente la desesperación con sus diversas tentaciones, pero fortalézcanme las palabras que he rogado escuchar de ti y confiarlas con más atención a mi corazón. 

16 de mayo de 2013

HORA SANTA EUCARÍSTICO-MARIANA AGUARDANDO PENTECOSTÉS

CREDO MARIANO DEL CRISTIANO. Padre Eliécer Sálesman



CREDO MARIANO DEL CRISTIANO
Padre Eliécer Sálesman

Creo que la Madre de Dios es también mi Madre.
Creo que soy hijo de la Madre del Redentor.
Creo Oh Virgen Auxiliadora de tu mirada no se aparta jamás de mí.
Creo que los que te honran poseerán la vida eterna.
Creo que gozas cuando te llamo.
Creo que comprendes plenamente mi llamada.
Creo que lo que me niegas, me lo niegas por amor maternal.
Creo que te preocupas cuando me ves sufrir.
Creo que te alegras cuando me arrepiento de mis pecados.
Creo que curas mis heridas cuando te lo permito.
Creo que no dejas de ayudarme
aun en momentos de mala voluntad mía.
Creo que me amas con amor de preferencia cuando trato de ser mejor.
Creo que me amas con amor de misericordia
cuando me dejo vencer por el mal.
Creo que me quisiste desde el primer momento de mi vida.
Creo que te amaré por toda la eternidad.
Creo que cuando Dios quiere hacer santa a una persona
la hace más devota de la Virgen María.
Creo que si como los latidos del corazón son señal segura vida,
así, invocar con frecuencia a la Madre de Dios es señal de vida eterna.
Creo que si tengo fe en María Auxiliadora, veré lo que son milagros.
Creo que en asuntos de salud la Santísima Virgen
puede hacerlo que no pueden obtener los médicos.
Creo que lo primero que me pide la devoción a María Santísima
es luchar contra el pecado.
Creo que una devoción a la Virgen María en la que no se consiga
la enmienda de mi vida, no es grata del Señor.
Creo que cuando María ruega, todo se obtiene, nada se niega.
Creo que jamás se ha oído decir que alguno haya invocado con fe
a la Madre de Dios y haya sido abandonado.
Creo que tengo una Madre que no se me va a morir: María.
Creo que si digo varias veces cada día:
-María Auxiliadora, ruega por nosotros-,
obtendré maravillosos favores que necesito.
Creo que si rezo con Fe a la Virgen María,
llegará pronto el tiempo en que el demonio
no logrará que yo cometa ni un solo pecado deliberado.
Creo que María, como en Caná,
se da cuenta cada día de lo que necesitamos
y ruega a Jesús por nosotros.
Creo que nada es imposible para quien tiene fe;
que todo es posible para quien cree sir dudar.

AVISO. SANTA MISA CANTADA EN PENTECOSTÉS


EL MALIGNO HUYE DE LA SANTÍSIMA VIRGEN COMO DE LA PESTE



Es cierto. No se aleja el demonio cuando la persona comulga. Se queda ahí quieto, aunque supongo que tremendamente incómodo. A veces, durante un exorcismo, coloco sobre la cabeza del poseído una forma consagrada y pregunto: "¿Sabes lo que tienes ahí?". Y contesta: "Sí. está Él", y ni se inmuta. Sin embargo, he descubierto algo curiosísimo: el demonio se descontrola en rabia desesperada cuando coloco algo que refleja la presencia de la Virgen, como un escapulario, o si rezo oraciones de la Virgen. ¡A María le tiene un odio impresionante! Entonces sí se revuelve, no lo puede soportar. ¡Huye como de la peste!
-¿Y eso por qué?
-Porque se siente profundamente humillado. El saberse obligado a hincar la rodilla ante una mujer, la Madre de Cristo... ¡Ah! No puede con eso. Las oraciones a la Virgen durante un exorcismo son extraordinariamente poderosas a mi favor... También ocurre con las reliquias que han pertenecido a algunos santos.Yo suelo utilizarlas con mucha frecuencia, porque no las puede soportar.Suele 'salir' despavorido por la misma razón: la humillación de la obediencia a la que le obliga Nuestro Señor, que le induce a doblegarse ante un hombre, no ante un ángel o ante Dios mismo: ante un hombre que ha sido santo. Me ocurre mucho con las reliquias que utilizo del padre Pío de Pietrelcina, a quien tengo especial devoción. Sale huyendo ante las oraciones y las invocaciones que hago sobre él. ¿Sabe que lo conocí siendo yo muy jovencito? ¡Le tiraba de la barba y él se partía de risa! Yo le adoraba, era una persona de una bondad hiperbólica, un hombre de Dios de pies a cabeza. Un gran gran santo de nuestro mundo.
Padre Gabrielle Amorth

COMO HABLAN DEL DEMONIO LAS ESCRITURAS


CÓMO HABLAN DEL DEMONIO LAS ESCRITURAS
de Inos Biffi
Tras la aparición del hombre, obra del sexto día de la creación, se advierte la presencia de algo misterioso e inquietante, la serpiente. Asombra y desconcierta lo que ésta inicia con los progenitores, y lo que quiere de obtener de estos: insinuar en ellos la sospecha hacia Dios, es decir, persuadirles de que las prohibiciones por él planteadas provienen de sus celos, de su temor de que ellos quieran equipararse a él. La serpiente encarna, precisamente al principio del mundo y de su historia, la presencia de un ser envidioso: "Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo" (Sabiduría 2, 24).
En el Nuevo Testamento se menciona a menudo esta serpiente. Jesús declara que el diablo es "homicida desde el principio"; en él "no hay verdad"; "cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira" (Juan 8, 44). Y de nuevo Jesús lo define "Príncipe de este mundo" (Juan 12, 31; 16, 11).
Pablo afirma que "la serpiente engañó a Eva con su astucia" (2 Corintios 11, 3) y menciona a quien se pierde "yendo en pos de Satanás" (1 Timoteo 5, 15). El mismo apóstol habla del vivir mundano con el que se sigue al "Príncipe del imperio del aire, el Espíritu que actúa en los rebeldes" (Efesios 2, 2); menciona las "acechanzas del diablo" y nuestra batalla "contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal" (Efesios 6, 12).
La primera carta de Pablo nombra el "enemigo", "el diablo" o el "acusador", que "ronda como león rugiente, buscando a quién devorar" (5, 8). Y en las cartas de Juan se recuerda al "anticristo" que debe venir (1 Juan 2, 18); el "mentiroso" que niega que Jesús es el Cristo; el "anticristo" que "niega al Padre y al Hijo" (2, 22). En el Apocalipsis está escrito: " Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus Ángeles fueron arrojados con él" (12, 7-9).

 

Entre estos textos y la exégesis de Jesús sobre el diablo, homicida y mentiroso desde el principio, el acuerdo es perfecto: se trata de un ser hostil a Dios, que quiere destruir su Palabra y, al mismo tiempo, hostil al hombre, al cual quiere seducir, induciéndolo a rebelarse contra el diseño divino. Es el maligno. En especial, el acuerdo exegético se refiere a aquel a quien el diablo reserva su aversión, a saber: Jesucristo.
Se sitúan así, en antítesis, dos realezas: la de Jesús y la del príncipe de este mundo. El demonio no tolera a Jesucristo e intenta obstaculizar de todas las maneras posibles el eterno plan divino concebido para él. Así sucede en el desierto.
Pero Jesús se proclama vencedor de este príncipe: " Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder" (Juan 14, 30); es precisamente cuando llega la hora de Jesús, la de su elevación en la cruz y a la derecha del Padre, cuando ese príncipe es derrotado: "en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado". Con la efusión del Espíritu del Señor glorificado ese príncipe encuentra su condena (Juan 16, 11). Sobre todo Pablo resalta el dominio del Resucitado: en él el Padre "nos libró del poder de las tinieblas" (Colosenses 1, 13) y "una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal" (2, 15).
El cristiano ha pasado a ser partícipe del dominio de Jesús sobre el demonio: "estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo (…) y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús" (Efesios 2, 5-6).
Si bien ha sido derrotado definitivamente por el Señor, el demonio sigue insidiando para hacer caer al hombre redimido. Por este motivo hay que estar alerta. Pedro hablaba de su rugido y de su aún no aplacada voluntad de dañar; Pablo exhorta a aferrar el escudo de la fe con el cual apagar los "encendidos dardos del Maligno" (Efesios 6, 16). Y el mismo Jesús había enseñado a rezar pidiendo al Padre que nos liberase del maligno (Mateo 5, 13).


Las múltiples exegesis sobre la serpiente que aparece en los orígenes nos inducen a hacer algunas consideraciones.
La primera es sobre la “historia” consumada y decidida antes de la creación del hombre, y que consiste en el estallido de una "gran guerra en el cielo" (Apocalipsis 12, 7), es decir, en un consenso o en una rebelión acaecidos en el mundo angelical: un consenso o una rebelión no genéricos, pero cuyo objetivo es el concreto y eterno proyecto divino, que es personalmente Jesucristo.

La orgullosa intolerancia de los ángeles rebeldes tiene como objeto Jesús, el que  "prevalece sobre todas las cosas" y que, por tanto, prevalece también sobre ellos. Se entiende, entonces, como la vida de Jesús haya estado obstaculizada por la presencia y las maquinaciones del diablo; y, por otra parte, desde el anuncio de su nacimiento hasta la ascensión, ha estado acompañada, servida y consolada por la presencia de los ángeles, que se alegran con él, y con él son vencedores del gran dragón y de sus satélites, expulsados del cielo y precipitados, como afirmaba el Apocalipsis. El mismo Jesús afirmaba haber visto "a Satanás caer del cielo como un rayo" (Lucas 10, 18) y hablaba del "fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles" (Mateo 25, 41).
Hemos hablado de historia que precede a la historia visible del hombre: lo que conocemos es lo que aflora como si de un panorama escondido se tratara, que nos sobrepasa y se nos escapa, y que ahora sólo podemos presumir e intuir.


La segunda consideración se refiere al poder impresionante de Satanás, tan fuerte y tenaz que sólo la fuerza del Hijo de Dios lo puede doblegar y desbaratar; es más, la fuerza del Hijo de Dios derrotado en la cruz y, por tanto, en una condición de extrema debilidad humana se convierte, paradójicamente y sin esfuerzo, en potencia absoluta. El diablo consigue arrastrar todo y a todos, pero frente a Jesús sucumbe totalmente. El Crucificado resucitado recrea una humanidad vencedora, apartada de la influencia perversa del maligno. El atractivo del dominio es reemplazado por el atractivo de Cristo, que declara: "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Juan 12, 32). Sólo compartiendo el vigor de Jesús muerto y glorioso conseguimos oponernos a la lisonja de la serpiente de los orígenes.
Sin embargo, podría quedar una pregunta: sin duda, la caída del ángel y del hombre dependen únicamente de la libre voluntad de la criatura. No sólo: el perdón del hombre estaba incluido en el amor misericordioso del Padre, que predestinaba el Hijo Jesús redentor. Entonces, ¿por qué el orden concreto elegido por Dios incluye esa caída y, por tanto, la realidad del pecado? No somos capaces de responder a esto: pertenece al "pensamiento del Señor", a sus "insondables designios" y a sus "inescrutables caminos" (Romanos 11, 32-34).


Una tercera consideración es para manifestar sorpresa ante la ausencia en la predicación y en la catequesis de la verdad relativa al demonio. Por no hablar de esos teólogos que, por un lado, aplauden que por fin el Vaticano II haya declarado la Escritura "alma de la Sagrada Teología" (Dei Verbum, 24) y, por otro, no dudan tanto en decidir su inexistencia - como hacen con los ángeles -, como en considerar marginal una dato muy claro y ampliamente dado por cierto en la Escritura misma como es el que hace referencia al demonio, considerándolo la personificación de una oscura y primordial idea del mal, ahora ya desmitificado e inaceptable.
Un concepto como éste es una obra maestra de la ideología y equivale, sobre todo, a banalizar la obra misma de Cristo y su redención.
Es por esto por lo que no nos parecen secundarias las referencias al demonio que observamos en los discursos del Papa Francisco.
Fuente: L'Osservatore Romano